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Datos principales


Desarrollo


Capítulo LXXIV Cómo el capitán Belalcázar, con su gente, volvía a Quito de donde salió Almagro; y de cómo fueron presos ciertos corredores que envió, por Diego de Alvarado Sebastián de Belalcázar, como supo que Almagro estaba en Quito y le mandaba llamar, luego con los que con él estaban dio la vuelta. Reprendióle Almagro, cuando lo vio, el haberse salido de San Miguel sin haber mandado del gobernador. Tomó en sí toda la gente teniendo a Belalcázar, como en son de preso, y algunos de sus amigos lo mismo. Justificaba su intención afirmando que deseo de servir le movió a lo que se había hecho y no lo que sus émulos habían publicado. Engrandecía mucho don Diego de Almagro las riquezas del Cuzco, las grandes provincias de sus comarcas, las muchas ciudades que se habían de fundar donde todos tendrían ricos repartimientos. Ganó gracia con estos dichos en todos ellos. Determinó de salir de aquella tierra para volver donde había venido y proveer a qué parte salía el adelantado Alvarado. Salieron con él de Quito Belalcázar con los españoles todos, que serían poco más de ciento ochenta, entre caballos y peones. Habían los indios muerto a tres cristianos que venían en seguimiento de Almagro, que fue causa que con grande orgullo vinieron por el camino hasta llegar a un río algo grande de donde daban grita a los que venían con Almagro. Ahogáronse más de ochenta cáñares de los amigos de los cristianos; los caballos se echaron al río: los que eran lerdos volvían a la orilla; a la otra parte llegaron diez o doce que bastaron a matar muchos indios, ya que los otros huyesen sin osar aguardar; y procurando de hacer puente, pasar por ella todos los que iban con Almagro.

Cautivaron muchos indios y caciques en aquel alcance. Uno de ellos afirmó cómo habían pasado por los montes nevados muchos cristianos y caballos que estaban cerca de ellos. Luego se entendió que no eran otros sino los que venían con el adelantado. Parecióle a Almagro sería bien enviar corredores a reconocer cómo venían y adónde llegaban. Mandó a Diego Pacheco, Lope de Ydiáquez y Cristóbal de Ayala, Lope Ortiz Aguilera, Román Morales, que fuesen a lo hacer y le avisasen con toda presteza. En este tiempo el adelantado, habiendo enviado a correr el campo a Diego de Alvarado con algunos caballos, caminó con la demás gente por el real camino hasta que llegó a Panzaleo, donde tuvo noticias que, en la tierra que llaman Sicho, que queda atrás sobre la siniestra mano, estaba el que había sido gobernador de Quito, llamado Zopezopagua, encastillado en una fuerza por miedo de los cristianos. Parecióle al adelantado que sería cosa muy importante prender aquel señor tan poderoso. Mandó apercibir algunos caballos y arcabuceros y ballesteros para ir en persona a sitiar el lugar para prenderlo. Había vuelto Diego de Alvarado con los que con él fueron; quedóle encomendado el resto del campo. Llegado el adelantado a Sicho, parecióle poca gente la que había llevado. Envió a mandar al real a que viniese alguna más. Quiso el mismo Diego de Alvarado ir con los que señaló y sin haber andado legua entera encontraron con los corredores de Almagro. Mandó como los vio que los cercasen, porque ninguno pudiese volver a dar aviso: como eran tan pocos no se pusieron en nada, antes dieron las armas porque así les fue mandado.

Habló Diego de Alvarado con mucha crianza; supo de ellos cómo Almagro estaba en Riobamba con su gente y mandó a Juan de Rada que con toda prisa fuese a dar mandado de aquellas cosas al adelantado, el cual, como lo supo, dejando el cerco que tenía contra Zopezopagua, dio la vuelta a se encontrar con Diego de Alvarado. Y como vio a los mensajeros, les habló muy bien diciéndoles que él no venía a procurar escándalos, ni que hubiese guerra, sino a descubrir nuevas tierras adonde el emperador fuese servido, y otras cosas. A que los respondieron los de Almagro que no se presumía otra cosa de su servicio, especialmente, constándole cómo aquella tierra caía en los límites de don Francisco Pizarro. Dioles el adelantado algunos presentes y joyas de lo que pudo escapar de las nieves.

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