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Desarrollo


Cómo en Paria se hallaron muestras de oro y perlas, y gente de buen trato Estando surto el Almirante a 5 de Agosto, como tenía por devoción no alzar las áncoras en tal día, que era domingo, mandó las barcas a tierra, donde hallaron mucha fruta de la misma que en otras islas, muchísimos árboles y señales de gente que parecía fugitiva por miedo de los cristianos. Pero no queriendo perder más tiempo, siguió la costa arriba otras quince leguas, sin entrar en puerto alguno, por miedo de no hallar los vientos que necesitaba para salir. Fondeó al cabo de las quince leguas, en la costa, y muy luego llegó una canoa al costado de la carabela llamada el Correo, con tres hombres. El piloto, sabiendo lo mucho que el Almirante deseaba tomar lengua de aquella gente, simuló que deseaba hablar con ellos y se echó dentro de la canoa hundiéndola. La gente del navío tomó aquellos tres y los llevó al Almirante, que los halagó mucho y con bastantes dádivas los envió a tierra, donde se veía gran número de indios, los cuales, sabida la buena relación que aquellos les dieron, todos con sus canoas fueron a los navíos para cambiar las cosas que tenían, y eran las mismas que en las otras islas antes descubiertas, aunque allí no vieron las tablachinas o rodelas, ni la hierba envenenada para las saetas, las cuales éstos no usan, pues solamente los caribes acostumbran tenerlas. La bebida de éstos era cierto licor blanco como la leche, y otro que tiraba a negro de sabor de vino verde, hecho de agraz; pero no se pudo saber de qué fruto lo hacían.

Llevaban paños de algodón, bien tejidos, de varios colores, del tamaño de pañizuelos, unos mayores y otros menores; lo que más estimaban de nuestras cosas eran las cosas de latón, y especialmente los cascabeles. La gente parecía ser más tratable y sagaz que la de la Española. Cubren sus partes pudendas con un paño de los que hemos mencionado, que son de varios colores; llevan otro rodeado a la cabeza. Las mujeres no encubren cosa alguna, ni siquiera las partes vergonzosas, lo que también se usa en la isla de la Trinidad. Nada vieron de utilidad, fuera de algunos espejillos de oro que llevaban al cuello. Por lo cual, y porque el Almirante no podía detenerse a investigar los secretos del país, mandó que tomasen seis de estos indios, y continuó su camino al Occidente, siempre que la tierra de Paria, a la que dio nombre de isla de Gracia, no era Tierra Firme. De allí a poco vio que se mostraba una isla a Mediodía, y otra no menor al Poniente, toda de tierra muy alta, con campos sembrados y muy poblada; los indios llevaban al cuello más espejos que los anteriores, y muchos guanines, que son oro bajo, y decían que éstos nacían en otras islas occidentales, de gente que devora hombres. Las mujeres llevaban sartas de cuentas en los brazos, y en ellas perlas grandes y pequeñas, muy bien engarzadas, de las que se rescataron algunas para mandarlas como muestra a los Reyes Católicos. Siendo preguntados dónde hallaban aquellas cosas, dijeron por señas que en las conchas de las ostras que pescaban al poniente de la tierra de Gracia y detrás de ésta hacia el Norte.

Por lo cual el Almirante se detuvo allí, para tener más certeza de tan buena muestra, y mandó las barcas a tierra, donde se había congregado toda la gente de aquel país, que demostró ser tan pacífica y afable que importunaron a los cristianos para que fuesen con ellos a una casa poco distante, en la que les dieron de comer y mucho vino del suyo. Luego, desde aquella casa, que debía ser el palacio del rey, los llevaron a otra de un hijo de éste, donde les hicieron el mismo agasajo; todos eran, generalmente, más blancos que cuantos se habían visto en las Indias, de mejor semblante y disposición, con el pelo cortado a mitad de la oreja, al uso de Castilla. De estos supieron que aquella tierra se llamaba Paria, y que eran gustosos de ser amigos de los cristianos; con lo que se separaron de éstos y volvieron a los navíos.

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