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Datos principales


Desarrollo


Cuéntase la fiesta del Corpus Christi, y la procesión que se hizo Las obras de carpintería se acabaron todas a veinte de mayo. Este día ordenó el capitán al maese de campo, que con cien soldados fuese a tierra y procurase en ella de adornar a nuestra iglesia de Loreto y a su redonda hiciese calles para que el siguiente día, que lo era de Corpus Christi, fuese allí celebrada su fiesta cuanto alcanzasen nuestras fuerzas. A la noche fue festejada esta víspera en las naos como la otra pasada. Antes que rompiese el alba del siguiente día, salió nuestra gente a tierra, y en ella hizo escolta a nuestros seis religiosos, que acomodaron todo lo que les tocaba; y ya que todo estaba presto fue avisado el capitán, que luego se embarcó dejando en cada navío a dos hombres, y llevó los demás consigo. Llegados, pues, a la playa, con todos saltó en tierra y fue a la iglesia, cuya puerto estaba al Norte y al mar su portada, galanamente aderezada con las cosas de la tierra, la techumbre y parte del cuerpo cubierto de ramos verdes, y un muy curioso altar debajo de un dosel, su mas servicio de plata; por retablo un Cristo crucificado pintado en un grande lienzo, con cuatro velas a sus lados y dos pebetes ardiendo. Habiendo hecho oración salió para ver la cuadra, a cuyos principios había dos altos arcos triunfales enlazados de palmas, pimpollos, y flores; desto mismo estaban sembrados los suelos; las calles formadas de muchos árboles, quedando dellos adentro hecho un claustro, y allí, como significando jardín, plantadas diversas ramas y yerbas; y en dos ángulos, debajo de otros dos arcos, estaban puestos dos altares con sus cielos, frontales y las imágenes de San Pedro y de San Pablo, y su autor, el hermano Juan de Dios de rodillas a un lado estaba haciendo oración.

Era este día claro, alegre y sereno, y como el sol hería por las coronas de los árboles y por donde hallaba entrada comunicaba sus rayos, mostraba en la mayor espesura la diferencia de frutos que tenía cada planta: allí mismo se oía la porfía con que las aves cantaban y discantaban: veíase mover las hojas y los ramos blandamente, y todo el sitio ameno, fresco, sombrío, y por que nadie faltase sentíase el poco aire que bastaba, y se mostraba manso y obediente el mar. Y vueltos a la iglesia luego, se dijeron dos misas: a la tercera que dijo el padre comisario, se ordenó la procesión, desta manera. iba delante un soldado llevando en las manos la cruz pesada de naranjo; seguía un fraile lego con otra de sacristía, dorada, con manga levantada en una asta, y a sus lados dos monacillos con ciriales y con hopas coloradas, y todos tres sobrepellices, y luego las tres compañías en orden llevando en medio cada una su bandera, y su caja tocando a son de marchar. Había una muy vistosa danza de espadas de once mozos marineros, sus vestidos eran de sedas columbinas rojas, verdes, y cascabeles en los pies; danzaban con mucha destreza y gracia al son de una vihuela, que tocaba un viejo honrado: seguía otra de ocho niños todos vestidos como indios, calzones y camisetas de tafetanes morados, azules, leonados, guirnaldas en las cabezas, en las manos blancas palmas, y en las gargantas de los pies collares de cascabeles: danzaban con rostros muy sosegados y cantaban sus motetes al son de tamborín y de flauta que les tocaban dos pláticos.

Seguía el estandarte Real acompañado del maese de campo, sargento mayor y capitanes: seguían seis regidores, cada uno con una hacha encendida en la mano: seguía el palio que era de seda amarilla; sus seis varas las llevaban los tres oficiales Reales y otros tres regidores; iba debajo el comisario que llevaba en las manos un cofre de terciopelo carmesí, clavazón dorado, en que iba el Santísimo Sacramento que otro lego con un incensario incensaba: todos cuatro sacerdotes iban alegres cantando el himno de Pangelingua. El capitán, que llevó el estandarte Real hasta la puerta a donde lo entregó a su alférez, se puso detrás del palio con los dos alcaldes y el alguacil mayor. Y cuando ya por la puerta iba saliendo el Señor, se repicaron reciamente las campanas; la gente, que atenta estaba mirando, se arrodilló por los suelos; los alférez tres veces abatieron las banderas; los atambores tocaban apriesa las cajas a son de batalla trabada; los soldados, que tenían las cuerdas caladas, dispararon fuego a las cámaras y a los versos que allí había para más seguridad del puesto, y en las naos los artilleros a las lombardas y a los versos que tenían zabra y barcas, que puestas y cerca estaban para lo que sucediese. De nuevo y a buen compás se fueron siempre dando cargas y refrescando las cosas; mas cuando daba lugar la espesura del humo, veíanse por entre aquellas verduras tantas bandas y penachos, y tantas picas, chuzos, bisarmas, rodelas, tantas espadas lucientes, alabardas, y venablos, y las ginetas, con bastones empuñados, y en los pechos tantas cruces, y tanto oro, matices, colores, sedas haciendo visos tremolando, y entre tanto bullicio en todo tanto concierto, que muchos ojos, no pudiendo detener lo que brotaba el corazón, dieron a otros motivos de derramar gozosas lágrimas.

Y con esto se recogió la procesión, faltando allí quien nos viese, y quedando la gente de guerra teniendo la iglesia en medio con cuatro cuerpos de guarda. Los danzantes danzando por más celebrar la fiesta, se quedaron dentro en ella, y salidos a su Puerta les dijo el capitán: --Tengan todos esos vestidos por suyos, que son hacienda Real: yo quisiera que ellos fueran de brocado de tres altos o de otros más altos precios. Por remate se dijo la cuarta misa para que fuese oída de las postas, que en cierto puesto estaban puestas para guarda de la gente que de la tierra se veía, aunque lejos, en la playa y en los cerros. Esto hecho, se fue el capitán derecho a repicar las campanas diciendo, que fuese en nombre de los que en Lima dijeron que irían a aquella tierra cuando a ella los llevasen. El indio que se trajo de Taumaco y después se llamó Pedro, este día andaba vestido de tafetán tornasol con una cruz en los pechos con su arco y sus flechas, tan lozano y tan espantado y alegre de todo cuanto veía y de su cruz, que miraba y la mostraba poniendo la mano en ella, y la nombraba muchas veces. Cosa digna de notar, pues hasta a un bárbaro una cruz levantó el ánimo con no saber qué insignia era. Habiéndose dado a las almas tan dulce y sabroso pasto como suena, se apartaron amigos y camaradas a los puestos dedicados para fogones y ollas, a donde puestas las mesas a la sombra de altos y enramados árboles, lo dieron todos a los cuerpos. En cuanto duró la siesta hubo músicas y bailes y buenas conversaciones; y quien dijo, era dichoso aquel día, y dichoso lo vio por haber sido el primero celebrado en honra del Señor altísimo en tierras extrañas y ocultas; y por ser nuestra gente poca y los naturales muchos, fue juzgado de algunos por grande atrevimiento: yo digo que no fue sino grande acierto y muy bueno el fiador.

Hubo allí quien dijo, que pareció anuncio de lo sucedido esta octava de don Alonso de Ercilla, a cuya contraposición un gran devoto desta empresa ordenó la otra que se le sigue: Ves las manchas de tierras, tan cubiertas Que pueden ser apenas divisadas, Son las que nunca han sido descubiertas, Ni de extranjeros pies jamás pisadas; Las cuales estarán siempre encubiertas, Y de aquellos celajes ocupadas, Hasta que Dios permita que parezcan, Porque más sus secretos se engrandezcan. Ves las manchas de tierras sin cubiertas Tan claro y tan patente divisadas, Son las que agora han sido descubiertas Y de cristianos pies luego pisadas; Las cuales estuvieron encubiertas Mil siglos, de celajes ocupadas, Hasta que quiso Dios que pareciesen Y sus secretos más engrandeciesen. El capitán hizo embarcar parte de la gente, y con el resto, a son de cajas, entró la tierra. Vio su sementera brotada y las estancias, casas labranzas, frutales, y habiendo andado una legua, se recogió por ser tarde. Luego que entró en la nao, dijo que pues de aquella bahía estaban sus naturales de guerra, y no hubo un azar en nuestra parte, saliésemos el otro día del puerto a ver las tierras del barlovento. El almirante le rogó, en nombre suyo y de todos, que esperase otro día para que la gente pescase. Sucedió que pescaron en cierto rincón, de donde trajeron a las naos cantidad de pargos que se dicen siguatados, como los hay en la Habana y otros puertos, muertos al cordel, y a cuantos comieron dellos les dio bascas, vómitos y ardores. Mucha pena dio a todos este mal tan repentino y no esperado, y no faltaron juicios ni estimación de uno que dijo que porque mucho costase algo, se aguó lo dulce con lo amargo.

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