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CAPITULO IX Que trata de los sucesos que obo en la Nueva España hasta la partida de Don Antonio de Mendoza, primer virrey desta Nueva España Habiendo tratado sumariamente de las cosas sucedidas en esta tierra y venida de los primeros españoles, será bien hacer otra breve discursación de tiempos, aunque distante y apartada de nuestro principal intento, no saliendo de los límites de nuestra instrucción. Pacificada pues la tierra y aquietados los naturales de ella luego se entendió en la pacificación de todo el reino, y en la reformación, reedificación y población de la insigne y más que opulenta Ciudad de México, que tan destruida había quedado con las guerras. Cortés dio en esto las mejores órdenes que pudo, mandando hacer casas y calles a modo nuestro con tal principio y fundamento que permanece hasta el día de hoy en grande aumento y propiedad. Enviando desde esta ciudad a todas las provincias, reinos y señoríos de Moctheuzomatzin, personas principales que las facilitasen, gobernasen y poblasen de españoles. Como fue al reino de Michoacán, Juan Saucedo "el romo"; a Guatemala, D. Pedro de Alvarado; a Pánuco, Gonzalo de Sandoval; a Yucatán, Tabasco, Campeche y Champoton a Francisco de Montejo; a Chiapas a Juan de Mazariegos. A las provincias de las Hibueras y Honduras fue el mismo Fernando Cortés personalmente, dejando allá por capitán y su lugar teniente a Cristóbal de Olid, a quien después le mató Francisco de las Casas y Juan Núñez Mercado por mandado de Cortés por presunción y sospecha que de él tuvo que se alzaba con aquel reino.

Y quedando en esta pacificación, vino por gobernador de las provincias de Pánuco, de México y Nueva Galicia Nuño de Guzmán, que pasando por el reino de Michoacán hizo ajusticiar al rey Catzontzin con grandes y crueles tormentos hasta que murió de ellos, por ocasión de que no quiso dar ni descubrir el tesoro que tenía, ni las minas de plata que en su tiempo había. Desde este reino de Michoacán, fue a las provincias de Xalisco y Culhuacan, cuyas tierras ganó y conquistó y pacificó, haciendo grandes insolencias, tiranías y crueldades con los naturales de aquella tierra. Por cuyas demasías, el emperador D. Carlos V, rey y señor nuestro de gloriosa memoria, le mandó llevar preso a los Reinos de Castilla. Y antes que se fuese desta tierra, estuvo mucho tiempo preso en la cárcel pública de México, hasta que fue llevado a los dichos reinos de Castilla a Valladolid, donde a la sazón residía la Corte de Su Majestad, donde el dicho Nuño de Guzmán acabó desventuradamente con pleitos y contiendas defendiendo sus causas con mucha pobreza y miseria. En este lugar trataremos breve y sumariamente de las grandes contiendas y alteraciones que resultaron en la Ciudad de México por la jornada que hizo Cortés a Hibueras. Las cuales procedieron por sólo el apetito de ambición y deseo de mandar. Y fue el caso sobre cual de los Oficiales Reales había de tener el gobierno de la tierra, que esto debió ser el principal fin y fundamento de cada uno de ellos. La cual discordia pasó entre los Oficiales de Su Majestad con motivo y ocasión de las comisiones que Cortés les había dejado al fator Gonzalo de Salazar, al tesorero Alonso de Estrada, al veedor Peralmíndez Chirinos y al contador Rodrigo de Albornoz.

Lo cual causó la nueva que se había tenido de que Cortés era muerto y muchos compañeros de los que había llevado consigo a esta jornada trabajosa, cuya nueva fue causa de la contienda entre los oficiales, pues cada uno de ellos pretendía gobernar de por sí, y convocaba a sus amigos para seguir su opinión. Con aquella sediciosa ambición y estando en el mayor furor de sus pasiones y desatinados deseos, llegó, pues, nueva del bien afortunado Cortés, de cómo estaba en la tierra, y que había venido a esta Nueva España él y sus compañeros en esta grande y atrevida jornada que hizo de las Hibueras, según que más largamente la tratan las crónicas, y lo refiere en particular Francisco de Terrazas en un tratado que escribió del aire y tierra. Y con esta llegada de Cortés cesaron muchas diferencias y obstinadas disenciones causadas de cosas pasadas, porque se renovaron con su venida negocios muy pesados, de que resultaron grandes sediciones de hombres inquietos y bulliciosos, que estaban deseosos de que la tierra se alborotase. Y con esta su venida y madura prudencia, apaciguó la tierra con los mejores medios que pudo, dando asiento nuevo en el gobierno de la tierra a la reedificación de México. No dando lugar a la tiranía que deseaban emprender los nuevos gobernadores a título de que eran Oficiales de Su Majestad y que a ellos incumbía gobernar la Nueva España, con intento de usurpar la fama y gloria del valeroso Cortés que con tanta felicidad había ganado, eternizando su fama, queriéndole oscurecer y aniquilar sus valerosos hechos y tan heroicas proezas, como lo habían intentado sus émulos y contrarios, escribiendo contra él al Emperador y a su Real Consejo.

Visto por Cortés los perniciosos humores congelados de maliciosos intentos que serían muy malos de opilar si sobrepujasen y viniesen a predominar sobre su buen celo y sincero propósito, determinó irse a los reinos de Castilla y salirse de entre las llamas de tan encendido fuego. Y dando de mano a los apostemados propositos, dejó la tierra por muchas causas y razones que a ello lo movieron. La primera y más principal fue buscar la triaca de su remedio y resistir la venenosa ponzoña de sus contradictores, cuyo intento era ponelle en mal con el emperador, y que no le desquiciaran de la buena opinión que tenía y había ganado de sus heroicos hechos y la buena suerte y dicha que Dios le había dado, y porque su causa no pereciese por ausente. Y éste le pareció el más acertado acuerdo de cuantos podían imaginar, que era ir personalmente a los pies de su rey señor, y dalle la obediencia como a su señor supremo, y ofrecelle el servicio que le había hecho en ganalle esta tierra del Nuevo Mundo; que tan valerosamente había ganado en su real nombre, como leal y obedientísimo vasallo suyo, y haciendo ausencia de sus enemigos. Con este presupuesto se embarcó e hizo a la vela. Y fue tal y tan próspero el viaje y navegación que hizo que dentro de treinta y ocho días llegó al Puerto de San Lúcar desde el día que partió de la Villa rica con bastimentos y matalotajes bien inusitados. Con esta su llegada cesaron grandes negocios que habían llegado de sus contradictores a oídos de Su Majestad y de su Real Consejo.

Mas luego de como fue llegado a los reinos de Castilla, se fue derecho a los pies del Emperador, señor clementísimo. Y con esto que hizo, todo le sucedió tan bien y con tanta facilidad que Su Majestad se tuvo por bien servido, y le hizo muchas y muy grandes mercedes y favores. Y le dio el título de marqués y le casó con Doña Juana de Zúñiga, hija del Conde de Aguilar. Y le mandó volver a esta Nueva España, honrado y favorecido con grandes ventajas, partidos y particulares privilegios, y le hizo su Capitán General de esta Nueva España, de lo ganado y de lo que estaba aún por ganar y descubrir. También le hizo Almirante de la Mar del Sur. Todas estas mercedes ganan y consiguen aquellos que lealmente y bien sirven a sus reyes, y en especial a los príncipes cristianísimos, como son el emperador D. Carlos, de gloriosa memoria, y a nuestro invictísimo rey D. Felipe (que guarde Nuestro Señor muchos años). Después de su llegada de los reinos de Castilla con tanta gloria y pujanza, dando nuevo asiento a las cosas de esta tierra, hizo la jornada y nueva navegación de la Mar del Sur en demanda de las islas que se decían en aquel tiempo islas de Salomón, y de la isla de Tarsis y California. La cual le sucedió tan mal y tan siniestramente que casi se le perdieron todos los navíos. Y estuvo más de un año perdido en el gran río de Tizón y California, adonde pasó grandes trabajos, que pensó perecer él y toda su gente, ansí de hambre como de no hallar las poblaciones de que tenía noticia por relaciones, porque aunque aquella costa por donde anduvo es de muchos indios y poblaciones, es la más gente desnuda y bárbara, que viven como árabes y pobrísima, que no saben lo que es oro ni plata.

Y como no tuvo con qué pasar adelante con la pérdida de sus navíos, sufriendo tantas peregrinaciones, procuró volver a esta tierra con harta pérdida de su gente y hacienda, mas no cansado ni enfadado de los casos de fortuna. Pretendió tras esto hacer la navegación de las Islas de la Especiería, que en aquella sazón llamaban los Malucos y tierra firme de la gran China. Y en efecto, armó contra aquella tierra y fue general de aquella armada Alvaro de Saavedra Cerón. Fue por maestre y piloto uno que se llamó el maestre Corzo, uno de los que pasaron con Magallanes. Este fue la primera navegación que se hizo desta tierra para las islas que agora llaman Felipinas, que fue la segunda navegación que se hizo por la Mar del Sur de esta Nueva España en tiempo de Fernando Cortés. La cual armada se perdió y vinieron a remanecer algunos de los nuestros a la gran India de Portugal. Estando Cortés en demanda de la California, como dejamos referido, llegó de España D. Antonio de Mendoza por virrey desta Nueva España presidiendo en la Real Audiencia de México D. Sebastián Ramírez de Pedraza, que después vino a ser Obispo de Santo Domingo en la Isla Española. Este D. Antonio de Mendoza fue muy principal caballero, hermano del marqués de Mondejar, e1 primer virrey que vino a esta Nueva España el año de 1534. Gobernó tan bien y prudentemente que con su valor, prudencia, y sagacidad y cristiandad pacificó, allanó y dio asiento a toda la tierra y poblaciones della.

En tiempo que este tan gran cristiano príncipe gobernaba la Nueva España, se hizo la segunda navegación de la Especiería. La cual armada hizo a su costa y mención en compañía de D. Pedro Alvarado. Y fue por general de ella el capitán Ruy López, natural de Villalobos, y llevó por segunda vez de piloto al maestro Corzo, de quien arriba hicimos mención (que conocí muy bien). Cuya jornada y navegación fue tan infelice y desdichada que se perdió toda sin ser de ningún efecto, y fue ocasión de habérsele muerto toda la gente y no tener con quien volver los navíos. Y de aquí tomaron abuso decir que, por las grandes corrientes y vientos contrarios, no podían volver los navíos a esta Nueva España, cuya ironía duró muchos años, y que no se podía pasar por debajo de la línea equinoccial, y otras cosas pediéndolas, que se dicen y no se sufren escribir por estar ya muy entendidas las líneas y navegaciones de todos los mares del mundo y el ingenio de los hombres tan trascendido en viveza, que todo lo pueden ya alcanzar y comprenden con el entendimiento que Dios se ha servido darles, que se les hace todo fácil y comprensible. Finalmente, los que escaparon de esta navegación vinieron a parar a la India de Portugal, donde fueron presos García de Escalante y Güido de la Bazares y Fray Andrés de Urdaneta, de la orden de San Agustín, de quien también quieren decir que fue uno de los que pasaron el estrecho de Magallanes. Estos trajeron de la India el Jengigle.

Y se le atribuye a Güido de la Bazares, que lo sacó encubiertamente con gran astucia y maña y lo llevó a Castilla, de donde lo trajo a esta Nueva España. Y se sembró en Cuernavaca, en la huerta de Bernardino del Castillo, de donde ha procedido la cantidad que hay el día de hoy en las islas de Santo Domingo, que llevan a España de Barlovento las naos cargadas. En tiempo de este virrey se armó otra armada que él mismo mandó hacer para la California. Y fue por general de ella Francisco de Alarcón y por maese de campo Marcos Ruiz. La cual armada también se perdió sin ser de ningún efecto, volviéndose a tierra, al puerto de la Purificación. En este tiempo se hizo la entrada de la tierra nueva que llamaban las Siete Ciudades, que fue a costa del mismo D. Antonio de Mendoza. Y fue por general de la entrada Francisco Vázquez Coronado. Esta fue la jornada que llamaron de Tribola, de que había dado noticia Fray Marcos de Niza, Provincial que fue de la Orden de San Francisco en aquella sazón, que afirmaba haber visto las Siete Ciudades personalmente y otras mucha tierras y provincias. La cual entrada, ansimismo, se perdió, en que iban más de dieciocho españoles; toda gente granada y muy lucida. Llevaron, como está referido, por general a Francisco Vázquez Coronado, natural de Salamanca en los reinos de Castilla, persona muy principal, de calidad y suerte, y por maese de campo a Lope de Samaniego, alcalde que fue de las atarazanas de México, y por alférez general a D.

Pedro de Tobar. Y por muerte de Samaniego, que lo mataron los indios de Chiametla, sucedió por maese de campo D. Tristán de Arellano y Luna. Sin los cuales fueron muchos caballeros sobresalientes, que fueron D. Diego de Guevara, D. García López de Cárdenas, capitán de la gente de a caballo, D. Rodrigo Maldonado, Pablos de Malgoza y los Barrios nuevos, dos hermanos, y otros muchos personajes de suerte y valor, que por evitar prolijidad no se hace catálogo de todo. No pasaron pocos trabajos y peregrinaciones en tierras tan desiertas, remotas y apartadas, larguísimas, anchas, extendidas y despobladas, sin poder topar cosa que buena fuese para poder poblar, ni que satisfaciese en tierras tan inhabitables, en especial a nación tan arrogante y belicosa como la nuestra. ... que iba en esta tan insigne entrada y armada que se hizo por la Mar del Sur y partes de la California, en que fue por general Francisco de Alarcón, como se ha referido. Y se hizo con designio de que si Vázquez Coronado topara con algún buen descubrimiento, que se comunicara y tratara por la Mar del Sur con esta Nueva España. Y sucedió tan al contrario, que ni uno ni otro vino a efecto de lo que se pretendía, porque cansado Vázquez Coronado de haber andado y maquinado tantas y tan largas tierras despobladas, y llegado a la altura que debía llegar sin topar cosa buena, se tornó y deshizo su jornada. Y vínose a la Nueva España, porque Francisco de Alarcón se había ya, ansimismo, vuelto a México por no haberse podido topar en el pasaje donde estaba tratado, y por haber aguardado más tiempo de lo que disponía su instrucción, y porque no se le muriese la gente que se enfermaba, y le iban faltando los bastimentos y matalotaje.

Con esta venida de Alarcón, estuvo en desgracia de D. Antonio de Mendoza, habiendo sido tan su allegado y privado y de su casa, que le había servido muchos años de Maestresala. Y, cierto, fue muy principal caballero, de mucho ser, valor, ánimo, brío y entendimiento. E1 odio y pasión que causó a D. Antonio de Mendoza fue porque envió encubiertamente al Emperador D. Carlos muy más amplia y particular relación de la tierra de la California, pretendiendo por sí propio la conquista, descubrimiento de aquella tierra y costa del Mar del Sur, porque entendía que confinaban aquellas tierras con la gran China, o que había a ella muy breve navegación desde esta tierra a la Especería. Con trabajos que tuvo de verse desfavorecido del virrey, vino a enfermar y morirse, como murió en el Marquesado de Cuernavaca. Tornando a nuestro asunto e intento principal, según vamos refiriendo, habiendo llegado Francisco de Alarcón al pasaje donde se debía topar con Vázquez Coronado, viendo su dilación determinó su vuelta, dejando en aquel lugar puestas cruces y debajo de ellas, enterradas, botijas, dentro de las cuales metió cartas con relación del día, mes y año de su estada y llegada, y del tiempo en que aguardó hasta su vuelta. Para que si allí llegasen algunas gentes, supiesen lo que había sido de aquella armada, y para que no fuera ocasión de que allí se detuviesen aguardando su embarcación. Lo cual pasó el año de 1539 y el año de 1541. Al cual despacho de estas dos armadas de mar y tierra fue personalmente D.

Antonio de Mendoza, virrey de esta Nueva España, lo uno a dejar a Francisco Vázquez Coronado hasta Compostela de la Nueva Galicia, y al despacho de Francisco Alarcón al Puerto de la Purificación, costa de la Mar del Sur. Si como Francisco Vázquez Coronado echó a la parte del Sur y del Poniente, torciera y declinara a la parte del Norte, y se pusiera a la altura de treinta y seis grados, topara con grandes poblaciones; y si pasara de los llanos de Tríbola, Tiguer, Quibira y el Valle de Señora donde halló la mucha cantidad de vacas, quedaran aquellas tierras pobladas hasta el día de hoy. Estas vacas son pequeñas y los toros corcovados. La cornadura es pequeña y son a modo de búfalos. Corre este género de animales muy grandes tierras y llanos que no tienen fin, y hállase la mayor parte en los llanos de Tríbola, donde habitaron los nuestros más tiempo de un año, mientras corrió Francisco Vázquez Coronado con trescientos hombres la tierra adentro hacia el Poniente sin hallar población de gente congregada, donde se detuvo seis meses. Y pasó más de cien leguas adelante de donde estaban estas vacas. Allí tuvo razón, por señas y noticias que le dieron los indios, de que a diez jornadas de allí había gente y vestía como nosotros, y que andaban por mar y traían grandes navíos, y le mostraban por señas que usaban de la ropa que nosotros usamos. Y no pasó de estas poblazones por volverse a los que había dejado en los llanos de las vacas, porque se pasaba el tiempo en que había quedado de volver.

Por comisión que tuvo D. Antonio de Mendoza después de la venida de la guerra de Xuchipila y Xalisco, a causa de que los ganados mayores iban en grande aumento y dañificaban a los indios de paz, fue necesario hacer este descubrimiento. Con esto se despoblaron muchas estancias del valle de Tepepulco, Atzumpa y Toluca, donde fueron las primeras estancias de ganado mayor, y se fueron a poblar por aquellos llanos, adonde agora están todas las estancias de vacas que hay en la tierra, que corren más de doscientas leguas, comenzando desde el río de San Juan hasta pasar de los cacatecas y llegar más adelante de los valles que llaman de Guadiatierras de Chichimecas, que no tienen fin ni cabo. Y ansí, se despoblaron estancias de ganado mayor los valles de Atzompa y Perote, llanos de Tepepulco y valles de Toluca y otros muchos valles, y se pasaron a estas tierras tan largas y extendidas. Aunque con el crecimiento de los españoles se han ido poblando las tierras marítimas de la costa de Pánuco y Nautla, que llaman los llanos de Almería y, desde allí, las estancias de Putingo y Mazautla y de Veracruz y otras de tierras calientes de Tlalixcoyan por la costa de Cohuatzacoalcos, que llegan al río de Grijalva. Es una cosa sin número e increíble el ganado que se va criando y aumentando, que si no se ve por vista de ojos no se puede numerar ni encarecer. Aunque las carnes de los ganados que se crían en los chichimecas son mejores que las que se crían en tierras calientes.

Y lo mismo las del valle de Atzompa, Tecamachalco. Villa de Atlixco, Perote, Alfaxayucan, Teotlalpa, Tepepulco y valle de Toluca, de mucha sustancia y finísimas lanas. Es de advertir que hay opinión que las carnes de las indias no son de tanta sustancia ni tan sabrosas como las de Castilla. A lo cual se puede responder que las carnes crecidas y hechas de ganados de tierras calientes son de poco sabor y menos sustancia, porque, en efecto, son dejativas y flojas; y las criadas en tierra fría y en chichimecas, ansí de vaca como de carnero, son tan buenas, sabrosas y de tanta sustancia, como las que se comen dentro de Madrid, Valladolid y Medina del Campo. Y no hay que tratar de esto como quien ha visto y experimentado lo uno y lo otro, si no es que la falta de carnes que hay en Castilla no nos hace sentir otro gusto más sabroso, por carecer de la abundancia de la carne que aquí tenemos. Gobernando, pues, esta tierra con tanta paz y tranquilidad este buen virrey, se descubrió en su tiempo la navegación del Perú desde esta tierra por el Mar del Sur. Se hicieron navíos y fueron al Collac de Lima. Cuya navegación y descubrimiento hizo a su costa y mención con muy grandes gastos y trabajos Diego de Ocampo, caballero muy principal, natural de la villa de Cáceres en los reinos de Castilla. El cual habiendo sido uno de los conquistadores y pacificadores de este Nuevo Mundo, perseverando en su proceder, se puso a hacer este tan bueno y provechoso descubrimiento hasta que se salió con él.

Y estando en su felice gobierno de un tan buen príncipe como este D. Antonio de Mendoza, vino de España por visitador de esta tierra Tello de Sandoval, quien visitó al virrey, Audiencia Real y oficiales de su Majestad. Vino, ansimismo, este visitador a publicar y ejecutar las nuevas leyes que fueron hechas en las Cortes que se hicieron en Malinas en favor de los indios. Las cuales contenían la libertad de los indios esclavos y que no hubiese tamemes ni que los indios se cargasen, y que se quitasen sin remisión ninguna los servicios personales que hacían, aunque se los pagasen. Por cuya publicación obo grandes alteraciones y estuvo la tierra en detrimento de perderse. Mas con la sagacidad de D. Antonio de Mendoza se quietó y sosegó, y quedó pacífico, con que no se ejecutaron algunas cosas por entonces, sino que fuesen entrando en ellas poco a poco, y que se consumiesen los esclavos que a la sazón había, y con buenos medios se sobreseyesen las leyes y obedeciesen. De la cual visita resultó que se mudó toda la Audiencia y los Oficiales Reales y el virrey D. Antonio de Mendoza, lo cual pasó el año de 1544 al 1545 y el 46, que fueron tres años de visita. Y de virrey de esta Nueva España, siendo ya muy viejo, fue por virrey a los reinos del Perú, donde vivió tres años gobernando con mucha paz y sosiego aquellos reinos, hasta que murió. Fue uno de los más famosos gobernadores que Su Majestad tuvo y ha enviado a estas partes: cristianísimo, de buen ejemplo y vida, discreto, sabio y prudente, como su nombre y fama hoy día resplandece en esta tierra, y sus heroicas obras lo muestran en este Nuevo Mundo.

Entró a gobernar el año de 1534, como está referido. Durante el felice Gobierno del virrey D. Antonio de Mendoza, se descubrió una rebelión que intentaron hacer los negros esclavos de los españoles, para lo cual habían convocado a los indios de Santiago Tlaltelolco y México. La cual rebelión destruyó otro negro. Averiguada jurídicamente, se procedió contra los culpados e hizo justicia en ellos, quedando la tierra sosegada por muchos años, hasta que obo otra rebelión más peligrosa si pasara adelante, que fue descubierta por un Gaspar de Tapia y Sebastián Lazo de la Vega. Y cuyos culpados, ansimismo, fueron castigados, y justiciados con mucho rigor los convocadores deste motin. Muchos de esta liga y conjuración se fueron huyendo de esta tierra al Perú, que se hallaba en aquella sazón alzada por Gonzalo Pizarro y Francisco de Carbajal, su Maestre de Campo, aunque de estos que se iban huyendo se prendieron muchos de ellos por los caminos por donde iban, como fue en Tehuantepeque y Huaxacac. Los caudillos de esta rebelión y alzamiento fueron un Juan Toman, oficial de Calecto, un Juan Vanegas y un italiano. Los tres fueron justiciados en la Ciudad de México, confesando el delito que habían cometido e intentando hacer. Lo cual pasó el año de 1549. Habiendo sucedido esto, se sosegaron y pacificaron los leales vasallos y servidores de Su Majestad por muchos años. Y fue en muy gran aumento la población de los españoles, fue ennobleciéndose la Nueva España de pobladores españoles y fueron en crecimiento los ganados menores de ovejas.

Este buen príncipe procuró el asiento y perpetuidad desta tierra, y envió por ganados merinos a España para finar las ovejas que habían traído antes, que fueron de lanas bastas y vendas. En su tiempo se comenzaron los obrajes de paño y sayales, y el trato de las lanas fue en muy gran crecimiento, porque los indios comenzaron a vestirse de mantas de lana y otras cosas que labraban della. Y se comenzaron las labores de trigo y estancias y se repartieron muchas tierras. Y para todo dio favor y ayudó mucho. Y se comenzaron a descubrir muchos veneros de oro, plata, fierro y cobre, ansí como fueron las minas de Tlachco, Zultepeque y Tzompanco. Y se comenzó a fundir moneda para la contratación de los españoles, porque antes no se trataba sino con barras y tejuelos de oro y oro en polvo, y no podía correr tan bien como corre la moneda, y había gran fraude en los rescates del dicho oro y plata, y eran muy lesos y damnificados los indios, que no sabían más de trocar "dame esto y te daré esotro", poco más o menos. Para evitar esto se batió la moneda, como está referido. Obo otro género de moneda que fue de cobre, que fueron cuartos y medios cuartos de a cuatro y de a dos maravedís, y comenzó esta moneda a correr por entre los españoles y indios. La cual pareció tan mal a los naturales, que hacían burla de tan baja cosa, que no la estimaron en nada ni la pudieron sufrir, porque decían que denotaban muy gran pobreza. Y no la quisieron tratar ni recibir.

Y aunque obo rigor y fueron compelidos a que de ella usasen y tratasen, dentro de un año o poco más, reunieron y echaron de sí más de cien pesos de esta moneda en la laguna de México para que no obiese memoria della. Y hasta hoy ha durado el no usarla en esta Nueva España, porque toda la rescataron los indios y la desterraron del mundo, a lo menos de su tierra, porque les fue muy aborrecible y odiosa. Y ansí, no se usa otra moneda ni corre más que la de plata desde aquel tiempo, en reales de a ocho hasta medios reales, toda de plata, muy buena moneda. Y en este tiempo cesó el trato de oro en polvo, barras y tejuelos. Finalmente, gobernando este tan ilustre varón, se ennobleció muy grandemente la Ciudad de México. Gobernóla y toda la Nueva España siete años cristianísimamente. Obo en su tiempo una muy gran pestilencia y mortandad en los naturales desta Nueva España el año de 1545, que duró más de seis meses. Arruinó y despobló la mayor parte de todo lo poblado de la tierra. En tiempo de su gobierno se proveyó el Obispado de Guatemala en el Lic. D. Francisco Marroquín, clérigo; el de Huaxacac en D. Juan de Zárate; el de Chiapas en Fray Bartolomé de las Casas, del Orden de Santo Domingo; el de Michoacán en D. Juan Vasco de Quiroga; el de Xalisco en D. Pedro Gómez de Malaver; el de Tlaxcalla en D. Julián Garcés, primer Obispo que vino proveído a estos reinos; y D. Fray Juan de Zumárraga por primer obispo de México, antes que fuera Arzobispado.

Este primer Obispo de Tlaxcalla fue uno de los doctísimos varones en letras que acá han pasado, de más grande santidad, ejemplo y vida. De todos los cuales se podrían escribir grandes santidades y obras santísimas de sus vidas y porque entiendo que muy largamente están escritas de ellas las excelencias maravillosas que en servicio de Dios Nuestro Señor hicieron en la conversión de los naturales y nueva planta de esta Iglesia militante, no nos detengamos en esto. Sólo referiré, que siendo oidor D. Juan Vasco de Quiroga, le vino el Obispado de Michoacán. Fue un santo de mucha perfección. Y lo mismo fue D. Fray Juan de Zumárraga, fraile de la Orden de San Francisco, y después murió de Arzobispo de México. Lo mismo diremos de D. Francisco Marroquín que hoy en día vuela su fama; y de D. Juan de Zárate, Obispo de Huaxacac, que lo llaman "vaca de oro" por ser devotísimo de la Madre de Dios; y de D. Fray Bartolomé de las Casas, gran defensor de las causas de los indios de todas las Indias, ansimismo doctísimo varón. Lo propio se puede decir de D. Pedro Gómez de Malaber primer Obispo de Xalisco. Y, sin duda, se puede creer piadosamente que son santos bienaventurados y que están gozando de la gloria y canonizados ante Dios por escogidos suyos. Y fueron escogidos para fundamento y principio desta nueva planta, donde sus vidas santísimas tanto florecieron y resplandecieron con humildad y pobreza, sin tener cosa suya que no fuese para los pobres.

Hombres sin género de codicia, porque en aquella sazón aún no se sustentaban de los diezmos, sino muy poco de los quince mil maravedís de que suplía la caja de Su Majestad. Todo lo cual vi por vista de ojos, y conocí a estos bienaventurados prelados y siervos de Dios. Todo esto fue en el tiempo que gobernó D. Antonio de Mendoza. Florecieron, ansimismo, en estos tiempos muchos religiosos de santa vida, dignos de eterna memoria. Y no será razón dejar sin algún razeño o memoria dellos. Aunque sé y entiendo que Fray Hierónimo de Mendieta y otros religiosos han escrito largamente dellos, no por eso dejaré de hacer un breve catálogo de los que conocí y he conocido en esta nueva planta, y de los que me acordaré. El primero fue Fray Martín de Valencia, custodio que vino con los doce religiosos primeros que el Emperador D. Carlos V envió a esta Nueva España a la predicación y conversión de los indios. Un Fray Domingo de Betanzos, del Orden de Santo Domingo, varón de gran santidad. Fray Pedro Delgado, del orden de Santo Domingo. Fray Juan Bautista, del orden de San Agustín. Fray Tomás del Rosario, del Orden de Santo Domingo. Fray Cristóbal de la Cruz, del Orden de Santo Domingo. Fray Alonso de la Veracruz, Maestro en santa teología, varón santísimo y doctrinísimo, del Orden de San Agustín. Fray Pedro Medillán, de la propia Orden. Fray Alonso de Escalona, gran siervo de Nuestro Señor, del Orden de San Francisco. Fray Diego de Olarde, ídem. Fray Francisco Linborne, Fray Juan Bastidas, Fray Juan Ramírez, Fray Andrés Olmos, Fray Juan de Romanones, Fray Juan Osorio, Fray Andrés de Portillo, todos santísimos varones del Orden de San Francisco, de gran ejemplo y doctrina.

Fueron los doce primeros que a esta tierra vinieron, que conocidamente vivieron santísimamente, y acabaron con gran santidad y dejaron eterna fama por su doctrina y ejemplo. También obo en este tiempo varones clérigos de mucha perfección, santa vida y ejemplo, que fueron los que siguen: el canónigo Juan González, el canónigo Santos, el canónigo Rodrigo de Avila, el canónigo Nava, arcediano de la Catedral de Tlaxcalla; D. Francisco de León que dejó su arcedianazgo y murió fraile del Orden de San Francisco. Ha habido tantos religiosos de todas las órdenes tan buenos, tan santos y siervos de Dios que, como al principio dijimos, sería necesario hacer grandes historias de cada uno de ellos y de sus milagros. Por lo cual, me remito a los que han escrito sus vidas, que sé que son muchos en particular, y yo me hallo indigno de tratarlos. Y aunque muchas cosas buenas suyas, de sus doctrinas, sermones y ejemplos he visto, me hallo corto y no merecedor de tocar en ello, porque sería meterme en un piélago de mucha profundidad, que es dado y reservado a otros siervos de Dios Nuestro Señor, que han tratado y podrán tratar de sus actos y hechos, de lo que predicaron, y del modo con que procedieron en la conversión de los indios, alumbrados del Espíritu Santo. Y por la brevedad por mí prometida, no pasaré adelante en esto.

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