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Desarrollo


CAPÍTULO IV De otros más que han hecho la misma jornada de la Florida y de las costumbres y armas en común de los naturales de ella Luego que en España se supo la muerte de Hernando de Soto, salieron muchos pretensores a pedir la gobernación y conquista de la Florida, y el emperador Carlos Quinto, habiéndola negado a todos ellos, envió a su costa el año de mil y quinientos y cuarenta y nueve un religioso llamado fray Luis Cáncel Balbastro, por caudillo de otros cuatro de su orden, que se ofrecieron a reducir con su predicación aquellos indios a la doctrina evangélica. Los cuales religiosos, habiendo llegado a la Florida, saltaron en tierra a predicar, mas los indios, escarmentados de los castellanos pasados, sin quererlos oír, dieron en ellos y mataron a fray Luis y a otros dos de los compañeros. Los demás se acogieron al navío y volvieron a España, afirmando que gente tan bárbara e inhumana no quiere oír sermones. El año de 1562, un hijo del oidor Lucas Vázquez de Ayllón pidió la misma conquista y gobernación, y se la dieron. El cual murió en la Española solicitando su partida, y la enfermedad y la muerte se le causó de tristeza y pesar de que por su poca posibilidad se le dificultase de día en día la empresa. Después acá han ido otros, y entre ellos el adelantado Pedro Meléndez de Valdés, de los cuales dejo de escribir por no tener entera noticia de sus hechos. Esta es la relación más cierta, aunque breve, que se ha podido dar de la tierra de la Florida y de los que a ella han ido a descubrirla y conquistarla.

Y antes que pasemos adelante, será bien dar noticia de algunas costumbres que en general los indios de aquel reino tenían, a lo menos los que el adelantado Hernando de Soto descubrió, que casi en todas las provincias que anduvo son unas, y, si en alguna parte en el proceso de nuestra historia se diferenciaren, tendremos cuidado de notarlas; empero, en lo común, todos tienen casi una manera de vivir. Estos indios son gentiles de nación e idólatras. Adoran al Sol y a la Luna por principales dioses, mas sin ningunas ceremonias de tener ídolos ni hacer sacrificios ni oraciones ni otras supersticiones como la demás gentilidad. Tenían templos, que servían de entierros y no de casa de oración, donde por grandeza, demás de ser entierro de sus difuntos, tenían todo lo mejor y más rico de sus haciendas, y era grandísima la veneración en que tenían estos sepulcros y templos, y a las puertas de ellos ponían los trofeos de las victorias que ganaban a sus enemigos. Casaban, en común, con sola una mujer, y ésta era obligada a ser fidelísima a su marido so pena de las leyes que para castigo del adulterio tenían ordenadas, que en unas provincias eran de cruel muerte y en otras de castigo muy afrentoso, como adelante en su lugar diremos. Los señores, por la libertad señorial, tenían licencia de tomar las mujeres que quisiesen, y esta ley o libertad de los señores se guardó en todas las Indias del nuevo mundo, empero, siempre fue con distinción de la mujer principal legítima, que las otras más eran concubinas que mujeres, y así servían como criadas, y los hijos que de estas nacían ni eran legítimos ni se igualaban en honra ni en la herencia con los de la mujer principal.

En todo el Perú la gente común casaba con sola una mujer, y el que tomaba dos tenía pena de muerte. Los incas, que son los de la sangre real, y los curacas, que eran los señores vasallos, tenían licencia para tener todas las que quisiesen o pudiesen mantener, empero, con la distinción arriba dicha de la mujer legítima a las concubinas. Y, como gentiles, decían que se permitía y dispensaba con ellos esto, porque era necesario que los nobles tuviesen muchas mujeres para que tuviesen muchos hijos. Porque para hacer guerra y gobernar la república y aumentar su imperio, afirmaban era necesario hubiese muchos nobles, porque éstos eran los que se gastaban en las guerras y morían en las batallas, y que, para llevar cargas y labrar la tierra y servir como siervos, había en la plebeya gente demasiada, la cual (porque no era gente para emplearla en los peligros que se empleaban los nobles), por pocos que naciesen, multiplicaban mucho, y que para el gobierno eran inútiles, ni era lícito que se lo diesen, que era hacer agravio al mismo oficio, porque el gobernar y hacer justicia era oficio de caballeros hijosdalgo y no de plebeyos. Y volviendo a los de la Florida, el comer ordinario de ellos es el maíz en lugar de pan, y por vianda frisoles y calabaza de las que acá llaman romana, y mucho pescado, conforme a los ríos de que gozan. De carne tienen carestía, porque no la hay de ninguna suerte de ganado manso. Con los arcos y las flechas matan mucha caza de ciervos, corzos y gamos, que los hay muchos en número y más crecidos que los de España.

Matan mucha diversidad de aves, así para comer la carne como para adornar sus cabezas con las plumas, que las tienen de diversos colores y galanas de media braza en alto, que traen sobre las cabezas, con las cuales se diferencian los nobles de los plebeyos en la paz, y los soldados de los no soldados en la guerra. Su bebida es agua clara, como la dio la naturaleza, sin mezcla de cosa alguna. La carne y pescado que comen ha de ser muy asado o muy cocido, y la fruta muy madura, y en ninguna manera la comen verde ni a medio madurar, y hacían burla de que los castellanos comiesen agraz. Los que dicen que comen carne humana se lo levantan, a lo menos a los que son de las provincias que nuestro gobernador descubrió; antes lo abominan, como lo nota Alvar Núñez Cabeza de Vaca en sus Naufragios, capítulo catorce, y diez y siete, donde dice que de hambre murieron ciertos castellanos que estaban alojados aparte y que los compañeros que quedaban comían los que se morían hasta el postrero, que no hubo quién lo comiese, de lo cual dice que se escandalizaron los indios tanto que estuvieron por matar todos los que habían quedado en otro alojamiento. Puede ser que la coman donde los nuestros no llegaron, que la Florida es tan ancha y larga que hay para todos. Andan desnudos. Solamente traen unos pañetes de gamuza de diversos colores que les cubre honestamente todo lo necesario por delante y atrás, que casi son como calzones muy cortos. En lugar de capa, traen mantas abrochadas al cuello que les bajan hasta medias piernas; son de martas finísimas que de suyo huelen a almizque.

Hácenlas también de diversas pellejinas de animales, como gatos de diversas maneras, gamos, corzos, venados, osos y leones, y cueros de vaca, los cuales pellejos aderezan en todo extremo de perfección; que un cuero de vaca y de oso con su pelo lo aderezan y dejan tan blando y suave que se puede traer por capa y de noche les sirve de ropa de cama. Los cabellos crían largos y los traen recogidos y hechos un gran nudo sobre la cabeza. Por tocado traen una gruesa madeja de hilo del color que quieren, la cual rodean a la cabeza y sobre la frente le dan con los cabos de la madeja dos medios nudos, de manera que el un cabo queda pendiente por la una sien y el otro por la otra hasta lo bajo de las orejas. Las mujeres andan vestidas de gamuza; traen todo el cuerpo cubierto honestamente. Las armas que estos indios comúnmente traen son arcos y flechas, y, aunque es verdad que son diestros en otras diversas armas que tienen, como son picas, lanzas, dardos, partesanas, honda, porra, montante y bastón, y otras semejantes, si hay más, excepto arcabuz y ballesta, que no la alcanzaron, con todo eso no usan de otras armas, sino del arco y flechas, porque, para los que las traen, son de mayor gala y ornamento; por lo cual los gentiles antiguos pintaban a sus dioses más queridos, como eran Apolo, Diana y Cupido, con arco y flechas, porque demás de lo que estas armas en ellos significan, son de mucha hermosura y aumentan gracia y donaire al que las trae. Por las cuales cosas, y por el efecto que con ellas, mejor que con algunas de las otras, se puede hacer de cerca y de lejos, huyendo o acometiendo, peleando en las batallas o recreándose en sus cacerías, las traían estos indios, y en todo el nuevo mundo es arma muy usada.

Los arcos son del mismo altor del que les trae, y como los indios de la Florida son generalmente crecidos de cuerpo, son sus arcos de más de dos varas de largo y gruesos en proporción. Hácenlos de robles y de otras diversas maderas, que tienen fuertes y de mucho peso. Son tan recios de enarcar que ningún español, por mucho que lo porfiaba, podía, llevando la cuerda, llegar la mano al rostro; y los indios, por el mucho uso y destreza que tienen, llevan la cuerda con grandísima facilidad hasta ponerla detrás de la oreja, y hacen tiros tan bravos y espantables como adelante los veremos. Las cuerdas de los arcos hacen de correa de venado. Sacan del pellejo, desde la punta de la cola hasta la cabeza, una correa de dos dedos de ancho, y, después de pelada, la mojan y tuercen fuertemente, y el un cabo de ella atan a un ramo de un árbol y del otro cuelgan un peso de 4 ó 5 arrobas y lo dejan así hasta que se pone como una cuerda de las gruesas de vihuelón de arco, y son fortísimas. Para tirar con seguridad de que la cuerda al soltar no lastime el brazo izquierdo, lo traen guarnecido por la parte de adentro con un medio brazal, que los cubre de la muñeca hasta la sangradura, hecho de plumas gruesas y atado al brazo con una correa de venado que le da siete u ocho vueltas donde sacude la cuerda con grandísima pujanza. Esto es lo que en suma se puede decir de la vida y costumbre de los indios de la Florida. Y ahora volvamos a Hernando de Soto, que pedía la conquista y gobernación de aquel gran reino que tan infeliz y costoso ha sido a todos los que a él han ido.

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