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Datos principales


Desarrollo


CAPÍTULO III Sale el gobernador de Guancane, pasa por otras siete provincias pequeñas y llega a la de Anilco De la provincia Guancane salió el gobernador con propósito de volver al Río Grande que atrás había dejado, no por el mismo camino que hasta allí había traído después que lo pasó, sino por otro diferente, haciendo un cerco largo para volver descubriendo otras nuevas tierras y provincias, sin las que había visto, y pensaba pasar tomando noticia de ellas. El motivo que para esto tuvo fue deseo de poblar antes que las fuerzas de su ejército se acabasen de gastar, porque, así en la gente como en los caballos, las veía irse disminuyendo de día en día, porque de los unos y de los otros, con las batallas y enfermedades pasadas, se había gastado más que la mitad, a lo menos, de los caballos, y sentía gran dolor que, sin provecho suyo ni ajeno, se perdiese tanto trabajo como en aquel descubrimiento habían pasado y pasaban, y que tierras tan grandes y fértiles quedasen sin que los españoles las poblasen, principalmente las que tenían presentes, porque no dejaba de entender que si él se perdía o moría sin dar principio al poblar de la tierra, que en muchos años despues no se juntaría tanta y tan buena gente y tantos caballos y armas como él había metido en la conquista. Por lo cual, arrepentido del enojo pasado, que había sido causa que no poblase en la provincia y puerto de Achusi como lo tenía determinado, quería remediarlo ahora como mejor pudiese.

Y porque estaba lejos de la mar y había de perder tiempo si para poblar en la costa la fuese a buscar, había propuesto (llegado que fuese al Río Grande) poblar un pueblo en el sitio mejor y más acomodado que en su ribera hallase y hacer luego dos bergantines y echarlos por el río abajo con gente de confianza de los que él tenía por más amigos, que saliesen al mar del Norte y diesen aviso en México y Tierra Firme, y en las islas de Cuba y la Española, y en España, de las provincias tan largas y anchas que en la Florida habían descubierto, para que de todas partes acudiesen españoles o castellanos, con ganados y semillas de las que en ellas no había, para la poblar, cultivar y gozar de ella. Todo lo cual se pudiera hacer con mucha facilidad, como después veremos. Mas estos propósitos tan grandes y tan buenos atajó la muerte, como ha hecho con otros mayores y mejores que en el mundo ha habido. Decimos que el gobernador salió de Guancane hacia el Poniente en demanda del Río Grande, y es así que, aunque en este paso, y en otros de esta nuestra historia, hemos dicho la derrota que el ejército tomaba cuando salía de una provincia para ir a otras, no ha sido con la demostración de los grados de cada provincia, ni con señalar derechamente el rumbo que los nuestros tomaban, porque, como ya en otra parte he dicho, aunque lo procuré saber, no me fue posible, porque quien me daba la relación, por no ser cosmógrafo ni marinero, no lo sabía, y el ejército no llevaba instrumentos para tomar la altura, ni habían quién lo procurase ni mirase en ello, porque, con el disgusto que todos traían de no hallar oro ni plata, nada les sabía bien.

Por lo cual se me perdonará esta falta con otras muchas que esta mi obra lleva, que yo holgara que no hubiera de qué pedir perdón. Habiendo salido el gobernador de Guancane, atravesó siete provincias a las mayores jornadas que pudo, sin parar día en alguna de ellas por llegar presto al Río Grande y hacer en aquel verano lo que llevaba trazado para empezar a poblar la tierra y hacer asiento en ella, de cuya causa no quedaron en la memoria los nombres de las provincias, más de que las cuatro de ellas eran de tierra fértil, donde los nuestros hallaron mucha comida. Tenían grande arboleda, con ríos no grandes y arroyos pequeños que por ellas corrían. Y las otras tres eran mal pobladas, de poca gente y tierra no tan fértil ni tan apacible como las otras, aunque se sospechaba que las guías, por ser de la misma tierra, los hubiesen llevado por lo peor de ella. Los naturales de estas siete provincias, unos salieron a recibir al gobernador de paz y otros de guerra, mas con los unos ni los otros no sucedió cosa de momento que poder contar sino que con los que se daban por amigos se procuraba conservar la paz y con los enemigos excusar la guerra y pelea, porque con todo cuidado andaban ya los nuestros huyendo de ella. Así pasaron las siete provincias, que por lo menos debían de tener ciento y veinte leguas de travesía. Al fin de este apresurado camino llegaron a los términos de una gran provincia que había nombre Anilco. Y caminaron por ella treinta leguas hasta el pueblo principal, que tenía el mismo nombre, el cual estaba asentado a la ribera de un río mayor que nuestro Guadalquivir.

Tenía cuatrocientas casas grandes y buenas, con una hermosa plaza en medio de ellas; las casas del curaca estaban en un cerro alto, hecho a mano, que señoreaba todo el pueblo. El cacique, que también se llamaba Anilco, estaba puesto en arma y tenía delante del pueblo, al encuentro de los nuestros, un escuadrón de mil y quinientos hombres de guerra, toda gente escogida. Los españoles, viendo el apercibimiento de los indios, hicieron alto para esperar que llegasen los últimos y ponerse todos en orden para pelear con ellos. Entretanto que los españoles se detuvieron, pusieron en cobro los indios, las mujeres, hijos y hacienda que en sus casas tenían, unos pasándola en balsas y canoas de la otra parte del río, otros metiéndola por los montes y malezas que en la ribera del mismo río había. Los castellanos, habiéndose puesto en escuadrón, caminaron hacia el de los indios, mas ellos no osaron esperar, y, sin tirar flecha, se retiraron al pueblo y de allí al río, y, unos en canoas y otros en balsas y otros a nado, pasaron casi todos de la otra parte, que la intención de ellos no había sido pelear con los españoles sino entretenerlos que no entrasen tan presto en el pueblo, para tener lugar de poner en cobro lo que en él había. Los nuestros, viendo huir los indios, arremetieron con ellos y al embarcar prendieron algunos, y en el pueblo hallaron muchas mujeres de todas edades, y niños y muchachos que no habían podido huir. El gobernador envió luego recaudos a toda prisa al cacique Anilco ofreciéndole paz y amistad y pidiéndole la suya, y también se los había enviado antes de entrar en el pueblo, mas el curaca estuvo tan extraño que no quiso responder a los primeros, ni respondió a los segundos, ni hablaba palabra a los mensajeros, sino que, como mudo, les hacía señas con la mano que se fuesen de su presencia. Los españoles se alojaron en el pueblo, donde estuvieron cuatro días procurando canoas y haciendo grandes balsas y, cuando tuvieron recaudo de ellas, pasaron el río sin contradicción de los enemigos. Y caminaron cuatro jornadas por unos despoblados de grandes montañas y, al fin de ellas, entraron en otra provincia, llamada Guachoya. Lo que en ella sucedió, que fueron cosas de notar, contaremos, con el favor divino, en el capítulo siguiente.

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