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Datos principales


Desarrollo


Cómo el Almirante envió con canoas, desde Jamaica a la Española, a dar aviso de que estaba allí perdido con su gente Estando fortalecidos los navíos de este modo, a un tiro de ballesta de la tierra, los indios, que eran buena y doméstica gente, luego llevaron éstos, en canoas, a vendernos sus cosas y bastimentos, por el deseo que tenían de adquirir las nuestras. Para que en el mercado no hubiese disputa alguna entre los cristianos y ellos, y unos tomasen más de lo que habían menester, y a otros faltase lo necesario, nombró el Almirante dos personas que tuviesen cuenta de las compras y rescates de cuanto llevaron los indios, y que todos los días lo dividiesen por suertes entre la gente del navío. Porque entonces no teníamos en las naves cosa alguna con que sustentarnos, pues nos habíamos comido la mayor parte de las provisiones; el resto se había podrido, y no poco, perdido al tiempo de embarcar en el río de Belén, donde, con la prisa y la gana de salir, no se había podido recoger todo lo que se quería. Para socorrernos de vituallas, quiso nuestro Señor llevarnos a aquella isla, abundante de bastimentos, y muy poblada de indios, deseosos de rescatar con nosotros, por lo que venían de todas partes a traernos cuanto tenían. Por esto, y para que los cristianos no se desbandasen por la isla, quiso el Almirante fortificarse en el mar, y no habitar en tierra; porque siendo nosotros, por naturaleza, descomedidos, ningún castigo ni precepto bastarían a tener tan quieta la gente que no fuese a correr los lugares y casas de los indios, para quitarles lo que habían adquirido, y también ofendiesen a sus hijos y mujeres, de donde nacerían muchas contiendas y tumultos, y resultaría hacerlos enemigos; de quitarles por fuerza los bastimentos, se padecería entre nosotros gran necesidad y trabajo.

No sucedió así, porque la gente residía en las naves, de donde nadie podía salir sin licencia y dejando su nombre anotado; esto satisfizo tanto a los indios, que por cosas de poquísimo valor nos llevaban cuanto necesitábamos, porque si traían una o dos hutias, que son animales como conejos, les dábamos en recompensa un cabo de agujeta; si traían hogazas del pan que llamaban cazabe, hecho de raíces de hierba ralladas, se les daban dos o tres cuentas de vidrio verdes o coloradas; si traían alguna cosa de más calidad, se les daba un cascabel, y tal vez al Rey y a sus caciques, un espejillo, algún bonete colorado, o unas tijeras, para dejarlos contentos; con este orden de rescates estaba la gente muy abastecida de cuanto necesitaba, y los indios, sin enojo de nuestra compañía y vecindad. Pero siendo necesario buscar modo para volver a Castilla, juntó el Almirante a los capitanes y otros hombres de su mayor estimación, para tratar con ellos la manera de salir de aquella prisión, y que a lo menos, volviésemos a la Española, porque permanecer allí con esperanza de que algún navío arribase, resultaría inútil; querer fabricar allí una nave, imposible, porque no tenían instrumentos, ni maestranza que bastase para cosa buena, si no era con mucho tiempo, o hacer algo que no sirviese para navegar, según los vientos y las corrientes que reinan entre aquellas islas y van al Occidente. Antes se perdería el tiempo y se procuraría nuestra ruina, en lugar de impedirla.

Después de muchas consultas, determinó el Almirante enviar a la Española a decir que se había perdido en aquella isla y que le enviasen un navío con municiones y bastimentos. Para esto eligió a dos personas de quien se fiaba mucho, y que lo ejecutarían con gran fidelidad y con grande valor; digo con gran valor, porque parecía temerario el paso de una isla a otra, e imposible hacerle en canoas, como era necesario, porque son barcas de un madero cavado, como queda dicho, y hechas de modo que, cuando están muy cargadas, no salen una cuarta sobre el agua; a más era obligado que, para aquel paso, fuesen medianas, pues si fueran chicas, serían muy peligrosas; y si grandes, no servirían, por su peso, a un viaje largo, ni habrían podido hacer el que se deseaba. Escogidas, en fin, dos canoas a propósito para lo que queríamos, mandó el Almirante, en Julio de 1503, que fuese en una de ellas Diego Méndez de Segura, escribano mayor de la Armada, con seis cristianos, y diez indios que bogasen; en la otra envió a Bartolomé Fiesco, gentil hombre genovés, con otra tanta compañía, para que luego que Diego Méndez estuviese en la Española, siguiese derecho su camino a Santo Domingo, que distaba de donde estábamos casi 250 leguas; que volviese Fiesco a traer noticia de que el otro había pasado en salvo, y no estuviésemos con dudas y temores de si le habría sucedido alguna desgracia, la cual debía temerse mucho, considerada, como hemos dicho, la poca resistencia de una canoa en cualquiera alteración de mar, y especialmente yendo en ella cristianos; porque de ir indios solos, no se corría peligro tan grande, pues son tan diestros, que, aunque se les anegue la canoa en medio del mar, la vuelven a tomar, nadando, y se meten en ella.

Pero, como la honra y la necesidad hacen emprender los mayores peligros, tomaron los referidos su camino por la costa abajo de la dicha isla de Jamaica, navegando hacia Oriente, hasta que llegaron a la punta Oriental de la isla, que llaman los indios Aoamaquique, por un cacique de aquella provincia nombrado así, que dista treinta y tres leguas de Maima, que era el lugar donde nosotros estábamos fortificados. Como para atravesar de una isla a otra era menester navegar 250 leguas sin haber en el camino, sino una isleta o escollo que dista ocho leguas de la Española, fue necesario, para pasar aquel mar semejantes bajeles, que esperasen una gran calma, la que plugo a Dios que viniese en breve. Habiendo metido cada indio en las canoas su calabaza de agua, algunas especias de que usan y cazabe, y entrados en ella los cristianos con sus rodelas, espadas y bastimentos que necesitaban, se echaron al mar; el Adelantado, que había ido con ellos hasta el Cabo de Jamaica, para evitar que los indios de la isla les impidiesen el viaje en algún modo, os perdió de vista, y volvió poco a poco a los navíos, exhortando, de camino, a la gente del país, para que recibiese nuestra amistad y comunicación.

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