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Datos principales


Desarrollo


APÉNDICE Evolución cultural del Mexico antiguo El esplendor azteca que contemplaron los conquistadores no fue, como es obvio, resultado de generación espontánea. Constituía en realidad, el último eslabón de una larga secuencia cultural, que se remonta a tiempos muy antiguos, anteriores a la era cristiana. Para hacer comprensible la evolución cultural prehispánica, ensayaremos un rápido recorrido, a través de los milenios del México antiguo, correlacionándolos con hechos bien conocidos en la historia del Viejo Mundo. Ante todo hay que recordar que mientras la presencia del hombre en la tierra tiene por lo menos medio millón de años, la llegada de los primeros seres humanos al Continente Americano parece haber ocurrido tan sólo hace aproximadamente treinta mil años. El hombre en el Valle de México es todavía más reciente, ya que el fósil humano más antiguo, encontrado en Tepexpan, cerca de las pirámides de Teotihuacan, parece remontarse a unos diez mil años aproximadamente. La aparición de formas de cultura superior en América es igualmente mucho más tardía que en el Viejo Mundo. Mientras en Egipto y Mesopotamia se encuentran testimonios escritos desde el milenio IV, a. de C., en América y concretamente en México, hay que aguardar hasta un milenio y medio a. de C., para encontrar los primeros vestigios de una agricultura sistemática y de la confección de objetos de cerámica que comenzaron a aparecer poco después. Los más antiguos restos arquitectónicos, que indican la presencia de centros ceremoniales en el México prehispánico, datan probablemente de unos quinientos años a.

de C., o sea precisamente del tiempo en que en el Viejo Mundo se habían escuchado ya las palabras de los profetas de Israel y cuando en Grecia hacían su aparición los primeros filósofos presocráticos. Quizás el más importante fermento de cultura superior precolombina se localiza en las costas del Golfo de México, donde aparecieron extraordinarios artífices y de donde procede la inscripción calendárica más antigua, anterior a la era cristiana. Estos misteriosos creadores de cultura de la región del Golfo, que a falta de nombre mejor, han sido llamados "los olmecas", palabra que quiere decir en lengua nahuatl, "gente de la región del hule", iban a influenciar posteriormente con su arte, sus técnicas y sus ideas religiosas a numerosos grupos provenientes de las lejanas costas del norte del océano Pacífico. Pronto se dejarían sentir las consecuencias de ese influjo cultural. A principios de la era cristiana, mientras en Roma se consolidaba el imperio y el cristianismo empezaba a extenderse por el mundo Mediterráneo, en el México Antiguo comenzaban a surgir los que con razón podrían llamarse también otros imperios. En las selvas centroamericanas se echaban los fundamentos de las que llegarían a ser las ciudades sagradas de los mayas en Tikal, Uaxactún, Copán y Palenque. Y en la región central de México, a unos cuarenta kilómetros al norte de la actual ciudad del mismo nombre, se comenzaba a edificar la gran ciudad de los dioses, Teotihuacan, que con sus pirámides, sus palacios, esculturas y pinturas llegaría a ser paradigma e inspiración de las ulteriores creaciones de los otros pueblos que habrían de venir.

La ruina del imperio romano coincide en el tiempo con el esplendor clásico de las ciudades del mundo maya y de Teotihuacan, con sus incontables palacios cubiertos de inscripciones y frescos. Muchas de esas mismas inscripciones y representaciones de dioses habrán de encontrarse más tarde en los libros de pinturas y en el arte de los aztecas contemporáneos de la conquista. Hacia el siglo IV y V, especialmente en el mundo maya, las inscripciones redactadas con una escritura en parte ideográfica y en parte fonética, se vuelven en extremo abundantes. Son testimonios de que esos pueblos poseyeron un hondo sentido de la historia y del tiempo, como lo prueba su calendario, dos diezmilésimos más cercano del año astronómico que nuestro propio calendario actual. Por razones en gran parte desconocidas, hacia los siglos VIII y IX, los grandes centros rituales de Teotihuacan y del mundo maya comenzaron a decaer y fueron al fin abandonados. Algunos autores han atribuido esto a la llegada de nuevas tribus procedentes del norte, que como en el caso de los bárbaros de origen germánico, constituyeron la gran amenaza de los creadores de cultura ya establecidos. Así, mientras en Europa hacia el siglo IX d. de C., se consolidan el feudalismo y posteriormente los nuevos reinos, dentro de una cultura que llamaríamos mestiza, resultado de los elementos grecorromanos y bárbaros, en la región central de México, nace también un nuevo Estado, asimismo mestizo influido culturalmente por la civilización teotihuacana.

Se trata del llamado "imperio tolteca", integrado por gentes venidas del norte que hablan ya sin género de duda la misma lengua nahuatl que varios siglos más tarde sería también el idioma de los aztecas. Los toltecas se establecieron en Tula y bajo la égida del gran héroe cultural Quetzalcóatl, extendieron aún más la cultura creada por los teotihuacanos. Acerca de los toltecas hablan numerosos textos indígenas. Se dice de ellos que fueron grandes artífices, gente en extremo religiosa, comerciantes, hombres extraordinarios. Tan grande fue el prestigio dejado por ellos, que la palabra tolteca se volvió sinónimo de artista. Los toltecas extendieron su influencia mucho más allá de Tula, situada a unos 60 kilómetros al noroeste de la actual ciudad de México. Su presencia se dejó sentir más allá de los grandes volcanes, llegando hasta Centroamérica y Yucatán, como puede comprobarse visitando la ciudad sagrada de Chichén-Itzá. Allí los mismos mayas que también habían iniciado un renacimiento cultural, se vieron hondamente influidos por los toltecas. Pero, una vez más los moradores de Tula, impelidos probablemente por nuevas hordas llegadas del norte, tuvieron que abandonar su ciudad. Quetzalcóatl marchó hacia el oriente, con la promesa de que algún día habría de regresar de más allá de las aguas inmensas. Los nuevos grupos venidos del norte recibieron de nuevo la influencia cultural de origen teotihuacano y tolteca. Así fueron apareciendo alrededor del gran lago del valle de México numerosas ciudades-Estados, principio de otro renacimiento cultural, casi contemporáneo del primer renacimiento italiano.

Hacia el siglo XIII, nacen dos Estados que alcanzan considerable esplendor. Uno estaba situado al sur de los lagos y había florecido gracias a la presencia de numerosas gentes de origen tolteca. Se trata del célebre Culhuacan, relativamente cerca de la actual Ciudad Universitaria, al sur de la ciudad de México. El otro era un Estado integrado por gentes de las más diversas filiaciones étnicas. Dotado de sentido guerrero y administrativo, había logrado mayor poderío que sus vecinos del sur. Se trata de Azcapotzalco, lugar que hoy día forma parte de la gran ciudad de México en la región noroeste de la misma. A mediados del siglo XIII, penetró en el Valle de México el último de los muchos pueblos nómadas que habían llegado del norte. Al pasar cerca de las ciudades-Estados donde ya florecía la cultura, se les rechazaba con violencia como a forasteros indeseables. Es cierto que hablaban la misma lengua que los antiguos toltecas, pero carecían de buena parte de su cultura. Como dice un viejo texto indígena, "en realidad nadie conocía su rostro". Esos nómadas eran precisamente los aztecas o mexicas, que traían consigo como única herencia una fuerza de voluntad indomeñable. Después de sufrir incontables vejaciones, los aztecas lograron establecerse en un islote del lago. La fecha de la fundación de su ciudad, de acuerdo con antiguos libros de pinturas, fue el año de 1325. En poco más de un siglo, aunque parezca increíble, hacia 1428, los antiguos menesterosos, los forasteros aztecas, habían logrado asimilar la cultura milenaria, consolidando al mismo tiempo su plena independencia.

A partir de ese momento, los aztecas dieron principio a su etapa dominadora. Y de nuevo, en menos de un siglo, extendieron sus dominios desde las costas del Golfo hasta el Pacifico, llegando al sur hasta apartadas regiones de Guatemala. Como veremos, el móvil de su acción fue lo que hoy día pudiera llamarse hondo misticismo guerrero, derivado le su concepción del mundo y de la divinidad. Su ciudad se enriqueció. Conocida con el nombre de México-Tenochtitlan, vino a ser una ciudad más poderosa que la antigua Tula de los toltecas. Sus templos, sus jardines y palacios habrían de dejar estupefactos a los conquistadores españoles que iban a contemplarla por primera vez en noviembre de 1519. Pero, simultáneamente con este período de expansión de los aztecas, en el Viejo Mundo desde 1416, empezaban a tener lugar los primeros descubrimientos. Entre ese año y 1432, navegantes portugueses descubrían las islas de Madera y Azores, primer paso que llevaría al descubrimiento del nuevo continente. Durante los años que siguieron, otros marinos españoles y lusitanos llegaron a atravesar la línea ecuatorial en las costas del áfrica, hacia 1470, y en 1487 el célebre Bartolomé Díaz llegaba al Cabo de Buena Esperanza, tan sólo unos cuantos años antes de que Cristóbal Colón viniera a toparse con el Nuevo Mundo. De este modo la nación azteca que ensanchaba sus dominios y difundía la antigua cultura, iba precisamente a encontrarse frente a frente con otro movimiento expansionista mucho más poderoso, por poseer armas y técnicas de destrucción que deben calificarse de superiores.

Ese encuentro iniciado, por lo que a los aztecas se refiere, en 1519, iba a ser interpretado inicialmente en formas bien distintas. Los aztecas creyeron que los forasteros llegados por las costas del Golfo, eran Quetzalcóatl y los dioses que por fin regresaban. Los españoles, desdeñosos de la antigua cultura precolombina, tuvieron por bárbaros a los aztecas y vieron en ellos la posibilidad de adueñarse de sus riquezas, imponiéndoles nuevas formas de vida. Ese encuentro del que dejaron un vivo testimonio los conquistadores y también los vencidos, significa en realidad no ya sólo el choque de dos movimientos expansionistas, sino la confrontación de dos culturas y de dos maneras de entender la existencia. Por una parte, la mentalidad de los españoles, que recién terminadas las guerras de reconquista contra los árabes, se habían convertido de pronto en la potencia más poderosa de Europa. Por otra, el Estado azteca que llegaba entonces a su climax, como lo mostraba entre otras cosas su extraordinaria capital, México-Tenochtitlan y su vigorosa estructura religiosa, social, económica y política. Para comprender mejor la tragedia, vale la pena trazar en breves líneas el cuadro de su grandeza final, el mismo que contemplaron quienes en un principio fueron tenidos por dioses venidos de más allá del mar, en 1519. México-Tenochtitlan, metrópoli de los aztecas Humildes fueron los principios de la capital azteca, fundada en 1325 en un islote en medio de los lagos que cubrían entonces la mayor parte del gran Valle de México.

Las crónicas indígenas hablan de las vicisitudes y trabajos de los aztecas al empezar a edificar unas cuantas chozas miserables y un pequeño altar en honor de su dios supremo, el señor de la guerra Huitzilopochtli. Pero, la fuerza de voluntad lo pudo todo. Poco menos de dos siglos más tarde, el conquistador español Bernal Díaz del Castillo, describe entusiasmado lo que casi como un sueño contemplaron sus ojos, cuando establecidos ya en Tenochtitlan los españoles en calidad de huéspedes de Motecuhzoma, pudo darse cuenta de su grandeza al recorrerla con su mirada desde lo más alto del templo mayor: De allí vimos las tres calzadas que entran a México, que es la de Iztapalapa, que fue por la que entramos cuatro días había, y la de Tacuba, que fue por donde después salimos huyendo la noche de nuestro gran desbarate, cuando Cuedlabaca (Cuitláhuac), nuevo señor, nos echó de la ciudad, como adelante diremos y la de Tepeaquilla. Y veíamos el agua dulce que venía de Chapultepec, de que se proveía la ciudad, y en aquellas tres calzadas, las puentes que tenía hechas de trecho a trecho, por donde entrata y salía el agua de la laguna de una parte a otra; y veíamos en aquella gran laguna tanta multitud de canoas, unas que venían con bastimentos y otras que volvían con cargas y mercaderías; y veíamos que cada casa de aquella gran ciudad, y de todas las más ciudades que estaban pobladas en el agua, de casa a casa no se pasaba sino por unas puentes levadizas que tenían hechas de madera, o en canoas; y veíamos en aquellas ciudades cúes y adoratorios a manera de torres y fortalezas, y todas blanqueando, que era cosa de admiración, y las casas de azoteas, y en las calzadas otras torrecillas y adoratorios que eran como fortalezas.

Y después de bien mirado y considerado todo lo que habíamos visto, tornamos a ver la gran plaza y la multitud de gente que en ella había, unos comprando y otros vendiendo, que solamente el rumor y zumbido de las voces y palabras que allí había sonaba más que de una legua, y entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo, y en Constantinopla, y en toda Italia y Roma, y dijeron que plaza también compasada y con tanto concierto y tamaña y llena de tanta gente no la habían visto#. Razón tenía el conquistador español al describir la ciudad en forma tan entusiasta. Hoy día, en función de algunos mapas antiguos y del testimonio de la arqueología, es posible ofrecer algunos datos concretos que corroboran y esclarecen la opinión de Bernal Díaz del Castillo. La ciudad que había ido creciendo gracias al terreno que, fruto de lo que podría llamarse hábil ingeniería lacustre se iba ganando, se extendía en una superficie con la forma de un cuadrado más o menos regular de aproximadamente tres kilómetros por lado. Por el norte, México-Tenochtitlan se habían unido con el islote vecino de Tlatelolco, en otro tiempo independiente pero sometido al fin al poderío azteca en 1473. Tlatelolco estaba comunicado por una calzada construida en medio del lago con el santuario de la diosa madre Tonantzin, situado ya en tierra firme en la orilla septentrional del lago, donde hoy se levanta la Basílica del Tepeyac en honor de la Virgen de Guadalupe.

Hacia el sur de la ciudad salía otra calzada que comunicaba con Iztapalapa en la tierra firme por donde penetraron los conquistadores. Por el rumbo del oriente se abría la superficie del lago y solamente en días claros podía contemplarse en la ribera opuesta la ciudad del Texcoco, famosa por su célebre rey poeta Nezahualcóyotl. Finalmente al occidente, otra calzada se dirigía al señorío aliado de Tlacopan o Tacuba, calzada por la cual tuvieron que escapar los españoles en la célebre noche triste. México-Tenochtitlan estaba dividida en cuatro grandes secciones, orientadas hacia cada uno de los rumbos del universo. Al noroeste, Cuepopan, "el lugar donde se abren las flores", que corresponde al actual barrio de Santa María la Redonda. Al suroeste, Moyotlan, "el lugar de los mosquitos", sección consagrada posteriormente por los misioneros españoles en honor de San Juan Bautista. Al sureste, estaba Teopan, "el lugar del dios", donde se erguía el gran recinto del templo mayor de la ciudad, barrio conocido después, durante la colonia, con el nombre de San Pablo. Finalmente, al noreste, estaba Aztacalco, "en la casa de las garzas", lugar en donde edificaron los misioneros la iglesia de San Sebastián. En México-Tenochtitlan los dos sitios más importantes eran sin duda el enorme recinto sagrado en el que se levantaban los setenta y ocho edificios que constituían el templo mayor con sus adoratorios, escuelas y dependencias y la gran plaza de Tlatelolco donde tenía lugar el mercado en el que se vendían y compraban los más variados productos, procedentes de lejanas tierras.

El recinto del templo mayor estaba circundado por un muro que formaba un gran cuadrado de aproximadamente 500 metros por lado. En la actualidad tan sólo unos cuantos restos del edificio principal pueden contemplarse ftente al costado oriental de la Catedral de México. Allí mismo recientemente se ha instalado una maqueta que permite contemplar en pequeño la grandeza extraordinaria de esa verdadera ciudad dedicada al culto de los dioses. Frente al templo mayor, por su costado occidental, se levantaba el palacio de Axayácatl, antiguo gobernante azteca de 1469 a 1481, que fue precisamente donde fueron alojados los españoles cuando llegaron a la ciudad en calidad de huéspedes. El palacio imperial de Motecuhzoma, situado frente a una gran plaza, ocupaba aproximadamente el mismo sitio en el que hoy se levanta el Palacio Nacional de México. Además de éstos y otros palacios había un sin fin de templos menores y de construcciones de cal y canto reservadas para habitación de los nobles, de los comerciantes, de los artistas y de la gente del pueblo. Las calles eran más bien estrechas y en muchas de ellas existían canales que permitían la entrada de las embarcaciones provenientes de las riberas del lago. Entre los atractivos de la ciudad pueden mencionarse los jardines botánico y zoológico, que tanta admiración provocaron en los conquistadores españoles. En México-Tenochtitlan, al tiempo de la conquista vivía una población que puede calcularse en cerca de trescientos mil habitantes.

Su actividad era múltiple. Por una parte estaban las ceremonias en honor de los dioses, los sacrificios y el solemne ritual. A esto hay que añadir la presencia de los sabios maestros que con sus grupos de estudiantes entraban y salían de los Calmécac y Telpuchcalli, centros de educación prehispánicos. El ir y venir de las canoas cargadas de mercaderías y la actividad continua de los comerciantes y la gente del pueblo en el mercado de Tlatelolco eran tan impresionantes que a los conquistadores pareció todo aquello algo así como un hormiguero. Los ejercicios militares y la entrada y salida de los guerreros constituían asimismo otro espectáculo en externo interesante. En pocas palabras, puede decirse que la vida de esa gran ciudad era la de una metrópoli, cabeza de lo que en forma análoga puede llamarse un inmenso imperio. A ella llegaban embajadores y gobernantes de lejanas regiones. Por sus canales y calles entraban los tributos, las joyas de oro y plata, los plumajes finos, el cacao, el papel hecho de corteza de amate, los esclavos y las víctimas para los sacrificios humanos. México-Tenochtitlan era ciertamente un hormiguero en el que todos sus integrantes trabajaban incansablemente en servicio de los dioses y en favor de la grandeza del que habría de llamarse "pueblo del sol". Lo que hizo posible el imperio de los aztecas La riqueza y el poderío militar y económico de México-Tenochtitlan eran consecuencia de las conquistas realizadas desde los tiempos del rey Itzcóatl (1428-1440 d.

de C.). Él había sido quien junto con el famoso rey de Texcoco, el sabio Nezahualcóyotl, había derrotado a los antiguos dominadores de Azcapotzalco y había establecido la que se conoce como "triple alianza", o sea la unión de México-Tenochtitlan, Texcoco y lo que podría llamarse "Estado pelele" de Tlacopan o Tacuba. Un factor asimismo muy importante en la consolidación de la grandeza azteca fue la acción del consejero real, Tlacaélel, personaje en extremo sagaz, sobrino de Itzxóatl, quien inició una reforma en el orden político, religioso, social y económico. Profundo conocedor de la herencia cultural recibida de los toltecas, aprovechó de ella cuanto creyó conveniente, pero dándole un sesgo distinto, dirigido fundamentalmente a consolidar el poderío y la grandeza de su pueblo. Un texto indígena, que se conserva en el Códice Matritense, relata que además de engrandecer con títulos y tierras a los principales caudillos del pueblo azteca, a raíz de su victoria en 1428, sobre los antiguos dominadores de Azcapotzalco, Itzcóatl y Tlacaélel decidieron dar a su pueblo una nueva versión de la historia azteca. He aquí las palabras del texto indígena: Se guardaba su historia. Pero, entonces fue quemada: cuando reinó Itzcóatl, en México. Se tomó una resolución, los señores mexicas dijeron: no conviene que toda la gente conozca las pinturas. Los que están sujetos (el pueblo) se echarán a perder y andará torcida la tierra, porque allí se guarda mucha mentira, y muchos en ellas han sido tenidos por dioses.

La nueva visión de su historia iniciada entonces se conserva en los textos de procedencia azteca que hoy día se conocen. En ellos los mexicas aparecen frecuentemente emparentados con la nobleza tolteca. Las divinidades mexicas, especialmente Huitzilopochtli, se sitúan en un mismo plano con los antiguos dioses creadores, es decir con Tezcatlipoca y con Quetzalcóatl. Pero, sobre todo, se trasluce en la documentación azteca ese espíritu místico-guerrero, del "pueblo del Sol", o sea de Huitzilopochtli, que tiene por misión someter a todas las naciones de la tierra, para hacer cautivos, con cuya sangre habrá de conservarse la vida del astro que va haciendo el día. La figura de Huitzilopochtli dejó de ser el numen tutelar de una pobre tribu perseguida y se fue agigantando cada vez más, gracias a la acción de Tlacaélel. A Huitzilopochtli comenzaron a dirigirse las antiguas plegarias de origen tolteca y los sacerdotes compusieron himnos en su honor, como los que ya existían a honra de Quetzalcóatl principalmente. Identificado con el sol, Huitzilopochtli es al mismo tiempo quien da vida y conserva, alentando la guerra, esta época en que vivimos. Por otra parte, Tlacaélel fue quien insistió en la idea, de la necesidad de mantener la vida del Sol-Huitzilopochtli con el agua preciosa de los sacrificios. Es cierto que ya antes de los aztecas había sacrificios humanos. Sin embargo, no se sabe que se practicaran con tanta frecuencia como entre ellos. La explicación de esto es tal vez que Tlacuélel supo inculcar a los varios reyes mexicas, de quienes fue consejero, la idea de que era su misión extender los dominios de Huitzilopochtli, para obtener víctimas con cuya sangre pudiera preservarse la vida del sol.

De un breve discurso de Itzcóatl, de quien se dice, que "no hacía más que lo que Tlacaélel le aconsejaba", transcribimos las siguientes palabras: "#Este es --dice-- el oficio de Huitzilopchtli, nuestro dios, y a esto fue venido: para recoger y atraer a sí a su servicio todas las naciones con la fuerza de su pecho y de su cabeza# ". En honor de Huitzilopochtli, se empezó a edificar luego --por consejo también de Tlacaélel-- un templo mayor, rico y suntuoso. En él se iban a sacrificar numerosas víctimas al Sol-Huitzilopochtli, que había llevado a los mexicas a realizar grandes conquistas: primero de los señoríos vecinos, y luego de los más lejanos de Oaxaca, Chiapas y Guatemala. Tal fue en el pensamiento del Tlacaélel el sentido de las "guerras floridas" organizadas para obtener víctimas que ofrecer a su dios Huitzilopochtli. Y así como introdujo reformas en el pensamiento y culto religioso, así también transformó, el orden jurídico, el servicio de la casa real de Motecuhzoma, el ejército, la organización de los pochtecas o comerciantes y aún, por no dejar, llevó a cabo la creación de un verdadero jardín botánico en Oaxtepec, en las cercanías de Cuauhtla, en el Estado actual de Morelos. Tlacaélel, que así consolidó el poderío de los aztecas, no quiso aceptar jamás la suprema dignidad de rey o Tlatoani que insistentemente le ofrecieron los nobles, al morir Itzcóatl (1440), o al morir el primero de los Motecuhzomas (1469). Prefirió seguir influyendo con su consejo como un verdadero poder detrás del trono que hacía posible la realización de los que consideró supremos designios de su pueblo.

Habiendo muerto, según parece poco antes de 1481, Tlacaélel no llegó a sospechar que toda la grandeza de su pueblo, sería destruida por la conquista antes de cuarenta años. Mas, pensando en la sagacidad de este hombre extraordinario, y por desgracia tan poco estudiado en las historias, fácilmente se ocurre una pregunta de respuesta imposible: ¿qué hubiera sucedido si la llegada de los europeos hubiera tenido lugar en tiempos de Tlacaélel? Pero, volviendo de nuevo la atención a los que sí fueron resultados reales de la acción de Tlacaélel, conviene enumerar al menos las principales conquistas realizadas por los aztecas y la forma como en ellas establecieron su poderío. Consolidada la triple alianza con Texcoco y Tlacopan, se inició la denominación de los numerosos señoríos situados en las riberas del lago. Sucumbieron así Coyoacan, Cuitlahuac, Xochimilco y Chalco. Ante la amenaza optaron por suscribir tratados de alianza, en los que además se comprometían a pagar un tributo a México-Tenochtitlan. Entre otros muchos pueden mencionarse a los tlahuicas, gente de la misma lengua y cultura que los aztecas, pobladores de la región sur del actual Estado de Morelos. Marchando hacia el oriente llegaron los aztecas a las costas del Golfo, estableciendo contacto con la región de Cempoala, que también se comprometió a pagar tributos al rey de México. Precisamente por esa región habrían de aparecer los conquistadores españoles y habrían de percatarse con extraordinaria sagacidad de la poca simpatía que en realidad tenían los cempoaltecas respecto de México-Tenochtitlan.

Unas veces en plan de conquista, otras en misión comercial, pero siempre con un criterio determinado, los ejércitos aztecas avanzaron después hacia el sur, a lo que hoy son los Estados de Oaxaca y Chiapas, llegando en ocasiones hasta Guatemala y según algunas relaciones, hasta el Istmo de Panamá. De todas esas comarcas llegaban tributos y asimismo productos resultado de comercio que se hacía a nombre del rey de Tenochtitlan. Los aztecas respetaron, sin embargo, a un Estado vecino de ellos, integrado por lo que hoy cabría llamar una "confederación de cuatro repúblicas". Se trata de Tlaxcala que conservo su independencia frente al poderío azteca. Probablemente la razón principal por la cual los aztecas gustosamente aceptaron reconocer la independencia de los señoríos tlaxcaltecas, fue la de hacer posible la obtención en territorio cercano de víctimas para los sacrificios humanos. Para esto mantenían con ellos un estado permanente de guerra, no de conquista, sino de lo que en su propio lenguaje llamaban "guerras floridas". Además de esto, los aztecas pensaban que Tlaxcala ofrecía la posibilidad de adiestrar sus ejércitos en un territorio vecino, capturando al mismo tiempo esclavos y víctimas para ser sacrificadas al Sol-Huitzilopochtli. Esta extraña forma de convenio, aceptado por los tlaxcaltecas a más no poder, despertó en ellos profundo odio contra los aztecas, odio que se puso más de manifiesto a la llegada de los españoles y que explica por qué los tlaxcaltecas se aliaron con Cortés, con la esperanza de vencer al fin a los aztecas.

Consecuencia de la acción dominadora de México-Tenochtitlan, fue que a la llegada de los españoles en 1519, los aztecas ejercían dominio sobre varios millones de seres humanos, que hablaban distintas lenguas, desde el Pacífico hasta el Golfo y desde la región central de México hasta apartadas regiones vecinas con la actual República de Guatemala. El desarrollo de su poderío y la afluencia continua de riquezas, tuvieron por consecuencia la transformación de la forma de vida de los antiguos mexicanos. Las incipientes clases sociales fueron consolidándose y adquiriendo gran prestancia. Surgió así una compleja estructura político-social que dejó asombrados a los mismos conquistadores españoles. La sociedad azteca La estratificación en clases sociales de lo que había sido una antigua tribu de nómadas tuvo su origen en un hecho en cierto modo singular. Al entrar en contacto desde mediados del siglo XIII con pueblos de avanzada cultura descendientes de los toltecas, experimentaron los aztecas inmensa admiración por ellos y quisieron desde luego, ligarse con el mundo tolteca por vínculos de parentesco. Para esto, lograron los aztecas que su primer rey o tlatoani fuera precisamente un noble culhuacano de origen tolteca, llamado Acamapichtli. Habiendo procreado este numerosos hijos de varias mujeres aztecas, sus descendientes vinieron a constituir el núcleo de la clase social de los nobles o pipiltin. Por diversas ligas y parentescos con antiguos jefes aztecas, esta clase de los nobles creció considerablemente y obtuvo al fin un status social propio: los pipiltin, que recibían de ordinario una educación mucho más esmerada, eran propietarios de tierras tituladas en forma individual; eran ellos quienes ejercían los más elevados cargos en el gobierno y únicamente más elevados cargos en el gobierno y únicamente de entre ellos podía ser electo el rey o tlatoani.

Diferente de la clase social de los pipiltin existía, claramente definida la clase de los macehualtin, o gente del pueblo. Los macehualtin formaban parte de lo que se ha llamado clanes geográficos, o sea linajes de gente emparentada entre sí, con una determinada ubicación y una dotación de tierras poseídas en forma comunal. Es cierto al menos entre los aztecas, que tanto los pipiltin, como los macehualtin, todos debían concurrir a las escuelas comunales. Pero, la educación de los pipiltin o nobles era de ordinario más esmerada ya que aprendían, entre otras cosas, el arte de interpretar y escribir los códices, la astrología, la teología y en una palabra la antigua sabiduría heredada de los toltecas. Los macehualtin se ocupaban en la agricultura, formaban los ejércitos y precisamente algunos de ellos llegaron a constituir las organizaciones o gremios de comerciantes y artesanos. Juntamente con estas clases sociales, coexistían los grupos de los mayeques que trabajaban la tierra en beneficio de otros, así como varias categorías de esclavos, casi siempre por un período limitado de tiempo. Sin embargo es menester subrayar que ni los mayeques, ni los esclavos, constituían en realidad clases sociales claramente diferenciadas de los macehualtin. De entre los pipiltin o nobles se escogían quienes habían de desempeñar las más importantes dignidades, tales como la de sumos sacerdotes, jueces comandantes de los ejércitos, etcétera. Según el testimonio de varias fuentes indígenas, parece ser que fue principalmente entre los pipiltin entre quienes se conservan no rocas ideas y prácticas de antiguo origen tolteca.

Tanto en la vecina ciudad de Texcoco, como en Tenochtitlan y en otras poblaciones, había grupos de sabios, conocidos con el nombre de tlamatinime que continuaban el estudio del antiguo pensamiento religioso tolteca, del que por obra de Tlacaélel había surgido enteramente transformada la que cabe llamar visión místico-guerrera de los aztecas. Los tlamatinime preservaron, en contraste con el culto popular al dios de la guerra, Huitzilopochtli, la antigua creencia en un dios único que estaba más allá de todos los pisos celestiales. Ese dios supremo era conocido e invocado con diversos títulos. Se le llamaba a veces Tloque-Nahuaque, "Dueño del cerca y del junto", Ipalnemohuani, "Dador de la vida"; Mayocoyatzin, "El que se está inventando a sí mismo". Desde otro punto de vista, se consideraba que esta divinidad suprema, siendo única en sí misma, tenía en realidad dos aspectos o rostros, uno masculino y otro femenino. Así era invocada como Ometéotl, "el dios de la dualidad". Otras veces se le designaba por medio de dos términos. Ometecuhtli y Omecihuatl, "el Señor y la Señora de la dualidad". En función de este concepto de un dios dual que es al mismo tiempo potencia generativa y principio que concibe cuanto existe en el universo, se encuentran innumerables títulos referidos a esa misma pareja suprema, en sus diversos atributos. Así por ejemplo se habla de Mictlantecuhtli, Mictecacíhuatl, "el Señor y la Señora de la región de los muertos"; Chalchiuhtlicue y Chalchiuhtlaltónac, "la Señora y el Señor de las aguas", etcétera.

Mas, debe añadirse que lo que en el pensamiento de los sabios aparecía como meros títulos del principio supremo, el pueblo lo interpretaba como si se tratara de un sinnúmero de dioses distintos. Esto y la introducción de los númenes tutelares, como en el caso de Huitzilopochtli, produjo en los conquistadores la impresión de que los aztecas eran un pueblo en extremo idólatra y politeísta. Un análisis más cuidadoso del pensamiento de los sabios prehispánicos, muestra que al menos en los estratos sociales superiores en realidad se adoraba tan sólo a un único dios, Señor de la dualidad, Dador de la vida, que se está inventando a sí mismo. La guerra en el México antiguo Si se recuerda la interpretación místico-guerrera tan insistentemente inculcada entre los aztecas desde los tiempos de Tlacaélel, y en función de la cual había que someter a todos los pueblos al yugo de Huitzilopochtli, identificado con el sol, para alimentarlo con la sangre de las víctimas, habrá que reconocerse la preponderante importancia de la guerra como institución cultural. La guerra se emprendía, como es obvio, por diversos motivos. Unas veces eran fines de conquista y otras se dirigía a repeler diversas formas de agresión. Por otra parte, las "guerras floridas", concertadas periódicamente sobre todo con los señoríos tlaxcaltecas, tenían como fin hacer posible la obtención de víctimas para conservar con los sacrificios la vida del sol. Desde jóvenes los aztecas, al igual que los habitantes de otros señoríos del México central, se adiestraban en la guerra principalmente en los Techpochcalli (centros de educación).

El ejército estaba compuesto por pequeñas unidades de veinte hombres, que se combinaban para formar cuerpos mayores de aproximadamente 400 individuos, a las órdenes de un tiachcauh, precedente del propio barrio. Los jefes superiores que iban al frente de los varios cuerpos de guerreros, eran generalmente caballeros águilas y tigres que recibían diversos títulos como el de tlacatécatl "jefe de hombres", tlacochcálcatl "señor de la casa de las flechas". Las armas que se usaban eran principalmente las macanas, hechas de madera con agudas puntas de obsidiana. Como una prueba de la eficacia de estas macanas puede recordarse que durante la conquista con ellas de un sólo tajo se cortó en más de una ocasión la cabeza de un caballo. Otra arma sumamente usada era el átlatl, tiradera o lanzadardos, al igual que los arcos y flechas de diversos tamaños, las cerbatanas, así como varias clases de lanzas principalmente con punta de obsidiana. Para su defensa usaban los guerreros prehispánicos escudos de madera o tejidos de diversas clases de fibras, algunas veces ricamente pintados y adornados con plumas. Igualmente empleaban una especie de armadura hecha de algodón acolchado, cuya utilidad era tan grande que algunos de los españoles pronto sustituyeron sus armaduras de metal por las indígenas de algodón. En ocasiones, algunos guerreros llevaban además diversas especies de máscaras y cascos, hechos de pieles de animal, en los que se representaban las insignias principalmente de águilas y tigres y de los diversos grados militares.

La guerra no podía iniciarse sin practicar antes una especie de ritual. Consistía éste en el envío de ciertos escudos, flechas y mantas a aquellos con los cuales se iba a luchar, haciéndoles saber por este medio que se apercibieran a la guerra. Precisamente este hecho explica la sorpresa de los aztecas al ser atacados súbitamente por los españoles, que residían en calidad de huéspedes dentro de su capital, sin que mediara un solo motivo que justificara la lucha y fuera enteramente de lo que cabría llamar el ritual preliminar de la guerra. Educación prehispánica Entre las instituciones culturales, que permiten mejor comprender el desarrollo de los antiguos mexicanos, están su sistema educativo, y su posesión de una escritura y de sistemas calendáricos. Para los aztecas, al menos durante los cien años que precedieron a la conquista, la educación era universal y obligatoria. Todos los niños aztecas debían asistir, bien sea a los calmécac o centros de educación especializada, o a los telpochcalli, a los que acudía la mayor parte del pueblo. Según parece, en la ciudad de México-Tenochtitlan existían al menos seis calmécac. Según los testimonios indígenas, en estas escuelas, se transmitían las doctrinas y conocimientos más elevados, como eran los cantares divinos, la ciencia de interpretar los códices, los conocimientos calendáricos, la historia y las tradiciones, la memorización de textos, etcétera. Existiendo en forma sistemática esta memorización de textos, fue posible después de la conquista, reducir a escritura latina, pero en idioma indígena, muchos de los poemas y tradiciones, que de otro modo se hubieran perdido para siempre.

Aún cuando generalmente concurrían a los calmécac los hijos de los nobles y de los sacerdotes, de acuerdo con varios testimonios históricos, en algunos casos, podían asistir niños y jóvenes del pueblo, siempre que tuvieran particular disposición para estos estudios. Las telpochcalli "casas de jóvenes", eran los centros de educación para la gran mayoría del pueblo en el mundo prehispánico. Casi todos los calpullis o "barrios" tenían su propio telpochcalli. Dichos centros de educación estaban consagrados al dios Tezcatlipoca. En ellos se transmitían a los niños y jóvenes los elementos fundamentales de la religión, la moral, etcétera. Asimismo se adiestraba allí a los jóvenes en las artes de la guerra. Comparados los telpochcallis con los camécac, puede decirse que los primeros poseían un carácter más técnico y elemental. Como se ha dicho, al menos en la ciudad de México-Tenochtitlan, todos los niños concurrían a uno de estos dos tipos de centros educativos, ya que al nacer, sus padres hacían promesa de enviarlos, cuando tuvieran la edad adecuada, que al parecer fluctuaba entre los seis y los nueve años. Escritura prehispánica Las culturas más desarrolladas del México antiguo, principalmente la maya, mixteca, tolteca y azteca, llegaron a poseer sistemas propios de escritura, como lo muestran entre otras cosas, sus inscripciones en piedra y los códices de origen precolombino que todavía se conservan. Puede decirse que fue la escritura maya la más desarrollada del México antiguo.

Los sistemas de representación azteca y mixteco, distintos de la escritura maya, poseían caracteres o glifos pictográficos, ideográficos y parcialmente fonéticos. Además de la representación de los números y signos calendáricos, eran abundantes los glifos de carácter onomástico y toponímico. Especialmente en estos últimos se llegó al análisis fonético de sílabas y aún de algunas letras como es el caso de la a, la e y la o, representadas por el símbolo del agua (a-tl), de frijol (e-tl), y de camino (o-tli), respectivamente. Aún cuando existen varios estudios sobre la escritura prehispánica, queda aún un amplio campo de investigar, acudiendo a los manuscritos indígenas, tanto precolombinos, como de la primera etapa de la colonia, o sea del siglo XVI, en el que aún se conservaba bastante pura la técnica precolombina. Los libros indígenas, conocidos generalmente como códices, estaban hechos de papel procedente de la corteza del amate (ficus petiolaris). Como lo prueban entre otros los códices del llamado grupo Borgia, su contenido era de carácter mitológico, religioso, calendárico y en algunos casos histórico. Al ofrecerse en el presente libro el testimonio indígena de la conquista, se incluyen precisamente no pocas ilustraciones tomadas de algunos de esos códices posthispánicos, en los que siguiendo la antigua tradición, se preservó también el recuerdo del drama de la conquista. Calendario prehispánico En el mundo azteca, al igual que entre otros pueblos como los mayas y mixtecas, existían dos formas principales de calendario.

Uno era el xiuhpohualli o "cuenta de año". Este calendario estaba formado por dieciocho grupos de 20 días que daban un total de 360, a los que se añadían cinco más, considerados como nefastos. Durante cada grupo de 20 días, bajo el patrocinio de diversos dioses, se iban combinando los 20 signos del calendario con sus respectivos numerales del 1 al 13, dieciocho veces consecutivas hasta completar los 360 días. Como, a pesar de los cinco días que se añadían al fin, el calendario se iba adelantando en relación con el año trópico, los sabios indígenas según el testimonio de algunos cronistas, añadieron un día más cada cuatro años, al modo como se hace en el calendario de tipo occidental en los años bisiestos. En el presente libro, con frecuencia aparecerán fechas en función de este calendario, indicándose unas veces el nombre del grupo de veinte días y otras el signo calendárico precedido de un numeral. Para su comprensión, en nota se indica siempre el equivalente de dichas fechas en el calendario de tipo occidental. La segunda forma de calendario existente en el México antiguo, era el tonalpohualli, o "cuenta de los días". Estaba formado por veinte grupos de 13 días que daban un total de 260 y que al relacionarse con el año de 365 días, no coincidían en una misma fecha idéntica, sino hasta al cerrarse "un ciclo indígena", formado por un período de 52 años. Según parece, la finalidad principal del tonalpohualli era la de servir como una especie de almanaque o calendario astrológico, para determinar el carácter fasto o nefasto de los diversos días.

Literatura indígena Los pobladores del México antiguo, entre sus diversas creaciones culturales, dejaron un rico legado de carácter literario. Como se ha dicho, los mayas, los aztecas y otros varios pueblos mas, poseyeron un sistema de representación de tipo pictórico, ideográfico y parcialmente fonético. Aún se conservan algunos de sus códices o libros de pinturas de procedencia claramente prehispánica. Por otra parte, en sus antiguos centros de educación, o sea, en los Calmécac y Telpochcalli, se transmitían y fijaban en la memoria desde tiempos inmemoriales, los cantares divinos, los mitos, las narraciones épicas y otras formas de composición literaria. Los conquistadores españoles destruyeron durante el siglo XVI esos antiguos sistemas educativos y redujeron a cenizas la mayor parte de los códices y antiguos libros de pinturas. Pero, en contraste con esta actitud destructora, algunos misioneros excepcionales como fray Andrés de Olmos, Bernardino de Sahagún, Diego de Durán y otros varios se empeñaron en recoger de los indígenas, tanto sus antiguos libros de pinturas, como las tradiciones y cantares que en lengua indígena habían memorizado en la época prehispánica. Reduciendo al alfabeto castellano los antiguos textos, recibidos de labios de los indios, allegaron un caudal sumamente grande de esas producciones, consideradas con razón como literarias. El sentido crítico que mostraron los recopiladotes de los textos indígenas, principalmente en el caso de Sahagún, así como el mismo contenido de los textos, son la mejor prueba de su genuino carácter prehispánico.

Además de ese grupo de misioneros humanistas, empeñados en conocer la antigua cultura, hubo también indígenas, tanto entre los mayas de Yucatán, como entre los aztecas de la región central, que habiendo aprendido el uso del alfabeto europeo, se valieron de él para transcribir en idioma indígena sus tradiciones, poemas, historias y mitos antiguos. Hoy día se conservan en bibliotecas de Europa y América no pocos de esos manuscritos. Por lo que se refiere a la literatura azteca, el doctor Ángel M.? Garibay K., moderno iniciador de estos estudios, ha mostrado la existencia de más de cuarenta manuscritos en dicho idioma en los que puede estudiarse la producción poética de tipo religioso, lírico, épico, dramático, así como la prosa, los discursos didácticos, leyendas, historias, etcétera, de los antiguos mexicanos. Entre los manuscritos que contienen textos literarios del México antiguo ocupan lugar principal: los Textos de los informantes indígenas de Sahagún (Códices Matritense y Florentino), la Colección de cantares mexicanos de la Biblioteca Nacional de México, los varios Huehuetlatolli o pláticas de los viejos, varios de ellos en la Biblioteca Nacional de París, los Anales de Cuauhtitlan, la Historia tolteca chichimeca, la Colección de cantares que se conserva en la Universidad de Texas, etcétera. Continuando esa tradición prehispánica de carácter literario e histórico, algunos de los sabios sobrevivientes a la conquista redactaron precisamente los textos cuya versión se ofrece en este libro.

En ellos se conserva el testimonio de quienes contemplaron con sus propios ojos la conquista y la destrucción de su propia cultura. No siendo posible en esta breve introducción, referirnos a otras muchas instituciones culturales prehispánicas, entre las que pueden mencionarse la organización sacerdotal, el culto a los dioses, las diversas formas de sacrificios, las varias técnicas de los artistas, el modo cómo se llevaba a cabo el comercio, lo tocante a su alimentación, vestido, etcétera, referimos al lector a la bibliografía final, donde se mencionan algunas obras que tratan de estos puntos. La visión aquí expuesta acerca de la vida, el pensamiento y la evolución cultural del México antiguo, muestra al menos algunos de los aspectos fundamentales de ese pueblo que experimentó en carne propia la tragedia de la conquista. Mientras el mundo azteca parecía llegar a lo más alto de su desarrollo, las expediciones de Francisco Hernández de Córdoba y de Juan de Grijalva merodeaban ya por las costas del golfo. El jueves santo de 1519 Hernán Cortés ponía pie en tierra irme unos cuantos kilómetros al norte de lo que hoy es la moderna ciudad de Veracruz. Las noticias recibidas por Cortés acerca de la grandeza azteca, lo movieron a ponerse en marcha para realizar la conquista de lo que consideró ser un imperio fabuloso, en el que el oro y las piedras preciosas existían en abundancia. La ruta de los conquistadores El 18 de febrero de 1519, Hernán Cortés partió de la Isla de Cuba al frente de una Armada integrada por 10 naves.

Traía consigo 100 marineros, 508 soldados, 16 caballos, 32 ballestas, lo cañones de bronce y algunas otras piezas de artillería de corto calibre. Venían con él varios hombres que llegarían a ser famosos en la conquista de México: entre ellos estaba Pedro de Alvarado, a quien los aztecas habían de apodar Tonatiuh, "el Sol", por su extraordinaria prestancia y el color rubio de su cabellera. Venía también Francisco de Montejo que posteriormente conquistaría a los mayas de Yucatán; Bernal Díaz del Castillo y otros varios más que consignarían por escrito la historia de esa serie de expediciones. Al pasar por la isla de Cozumel, situada frente a la península de Yucatán, Hernán Cortés recogió a Jerónimo de Aguilar que como resultado de un naufragio había quedado allí, junto con otro español desde 1511 y había aprendido la lengua maya con bastante fluidez. Más adelante frente a la desembocadura del Grijalva, tuvo lugar el primer encuentro bélico entre los españoles y los indígenas. Hecha la paz, entre otros presentes, les fueron ofrecidas 20 esclavas indias, una de las cuales, Malintzin (la Malinche), había de desempeñar un papel de suma importancia. Esta mujer hablaba la lengua maya y la náhuatl. Gracias a la presencia simultánea de Jerónimo de Aguilar y de la Malinche, Hernán Cortés iba a contar desde un principio con un sistema perfecto para darse a entender con los aztecas. Él hablaría en español a Jerónimo de Aguilar, éste a su vez traduciría lo dicho hablando en maya con la Malinche, y ella por fin se dirigía directamente en la lengua náhuatl a los enviados y emisarios de Motecuhzoma, desde sus primeros encuentros en las cercanías de la actual Veracruz.

En tanto que los cronistas españoles de la Conquista se refieren a sus primeros contactos con la gente de Cempoala en la costa del golfo, los cronistas indígenas tratan de los mensajes enviados a Motecuhzoma, informándole de la llegada de esos hombres blancos que venían en unas barcas grandes como montes. Unos y otros coinciden en lo que se refiere al envío de presentes por parte de Motecuhzoma a Hernán Cortés, tratando de persuadirlo de que se alejara de esas tierras. Precisamente algunos de esos presentes en particular dos grandes discos, uno de oro y otro de plata artísticamente grabados, iban a ser enviados a España por Hernán Cortés aún antes de la caída de México-Tenochtitlan, como un testimonio de su lealtad a Carlos V. El célebre pintor alemán Albrecht Dürer (Durero), tuvo ocasión de contemplar dichos objetos dejando consignado en su diario que "nunca había visto trabajos tan maravillosos, que tanto llenaran de satisfacción a su propio corazón." El 16 de agosto de 1519 Hernán Cortés, quien ya se había ganado la alianza de la gente de Cempoala, se puso en marcha rumbo a Tlaxcala y a México-Tenochtitlan. Detrás de sí dejaba un Ayuntamiento en la que había bautizado como Villa Rica de la Vera Cruz. Cortés llevaba consigo 400 peones, 15 jinetes, y 6 piezas de artillería, algunos centenares de soldados e incontables cargadores indígenas que llevaban los alimentos y la impedimenta. Los textos indígenas hablan de la astucia de los tlaxcaltecas quienes valiéndose de un grupo otomí sometido a ellos, quisieron poner a prueba la fuerza militar de los españoles.

Al ver cómo éstos eran fácilmente vencidos por los castellanos, quedaron convencidos los tlaxcaltecas de que esos hombres blancos poseían armas superiores. Decidieron entonces aliarse con ellos, con la secreta esperanza de ver derrotados a sus antiguos enemigos los poderosos aztecas. Así, el 23 de septiembre de 1519, los españoles entraban en la capital de los señoríos tlaxcaltecas, Ocotelolco, quedando desde ese momento convertidos en aliados de los mismos. El 14 de octubre del mismo año de 1519 tuvo lugar otro hecho importante, acerca del cual difieren las versiones indígenas y las de los propios conquistadores. Se trata de la matanza perpetrada en Cholula por orden de Cortés, que había llegado a esa ciudad sometida al poderío azteca en compañía de sus aliados tlaxcaltecas. Las crónicas españolas afirman que Cortés había descubierto una traición por parte de la gente de Cholula. Según los indígenas, en realidad a traición fue perpetrada por los españoles y por sus aliados tlaxcaltecas. Por fin, el 8 de noviembre de 1519, después de atravesar los volcanes, Hernán Cortés y su gente hicieron su primera entrada en México-Tenochtitlan, llegando por la calzada de Iztapalapa que unía a la ciudad con la ribera del la o Por el sur. Los textos indígenas son en extremo expresivos al pintar el encuentro de Motecuhzoma con Cortés en dicha calzada, convertida hoy día en moderno viaducto en la actual ciudad de México. Alojados los españoles en los palacios reales de la ciudad, pudieron percatarse plenamente de la grandeza y poderío de ésta.

Su permanencia en la capital azteca, tuvo un final trágico, debido al ataque por traición perpetrado por don Pedro de Alvarado, estando ausente Hernán Cortés, durante la gran fiesta de Tóxcatl, que se celebró en fecha cercana a la fiesta de Pascua de Resurrección del año de 1520. Los textos indígenas que aquí se publican relatan este episodio con tal fuerza de expresión que bien parece un poema épico, especie de Ilíada indígena. Cuando los españoles, en compañía de Hernán Cortés, que había regresado, decidieron escapar de la ciudad, perdieron más de la mitad de sus hombres, así como todos los tesoros de que se habían apoderado. Esta derrota sufrida por los conquistadores que trataban de huir de la ciudad por el rumbo del poniente, por la calzada de Tacuba, se conoce con el nombre de "la no e triste", del 30 de junio de 1520. Los españoles fueron en busca del auxilio de sus aliados tlaxcaltecas y no fue sino hasta casi un año después, o sea el 30 de mayo de 1521, cuando pudieron dar principio a un asedio formal de México-Tenochtitlan. Para esto concentró Hernán Cortés más de 80.000 soldados tlaxcaltecas y reforzó sus propias tropas españolas con la llegada de varias otras expediciones a Veracruz. Además, desde el 28 de abril de ese mismo año había botado al agua 13 bergantines que jugarían un papel muy importante en el asedio de la isla. Las crónicas indígenas hablan de la forma en que los españoles comenzaron a atacar la ciudad a partir del 30 de mayo de 1521.

Refieren las diversas incursiones de esos hombres que en un principio habían sido tenidos por dioses, pero a los que al fin se les llamó "popolocas", palabra con que designaban los aztecas a los bárbaros. Debido a que algunos de esos documentos indígenas fueron escritos por historiadores nativos de la sección norte de la ciudad, o sea, del antiguo Tlatelolco, con frecuencia se pondera en ellos el valor de los tlatelolcas por encima del de los mismos aztecas. En las crónicas se habla también de la elección del joven Cuauhtémoc, que había sido escogido como gobernante supremo, ya que muerto Motecuhzoma, su sucesor el príncipe Cuitláhuac había también fallecido víctima de la epidemia de viruela que traída por los españoles causo tantas ajas entre los indígenas. Durante el reinado de Cuauhtémoc los hechos de armas se suceden unos tras otros y no puede negarse que hubo actos de heroísmo por ambas partes. Una vez más las crónicas indígenas vuelven a hablar con la elocuencia de un maravilloso poema épico. Por fin, casi después de 80 días de sitio, en una fecha 1-Serpiente, del año 3-Casa, que corresponde al 13 de agosto de 1521 cayó la ciudad de México-Tenochtitlan, y fue hecho prisionero el joven el joven Cuauhtémoc. Lo que siguió a la Conquista lo relatan también las crónicas indígenas. Los "cantos tristes" que aquí se publican muestran el trauma que dejó en el alma azteca la destrucción de su ciudad y de su extraordinaria cultura. Tal es en breve síntesis la secuencia de los hechos que en este libro se presentan, desde el punto de vista de los vencidos.

El estudio de las relaciones indígenas de la Conquista abre las puertas a posibles investigaciones de hondo interés histórico. Esta antología pretende ofrecer al lector contemporáneo uno de los más valiosos testimonios dejado por un pueblo que tuvo conciencia de la historia y del valor de sus propias creaciones culturales. En la introducción general a esta obra se ofrece una breve descripción del origen de los documentos indígenas que aquí se publican, indicándose el sitio preciso en que actualmente se conservan. La traducción de los mismos, procurando ser lo más fiel posible, ha buscado también conservar su fuerza de expresión y su hondo dramatismo. Además del valor histórico de estas crónicas indígenas, se pretende poner de manifiesto su valor como obra literaria, capaz de transmitir un mensaje de profundo sentido humano y universal.

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