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Desarrollo


Acogida que hallaron los españoles en Tlaxcallan Conseguida la victoria, y cansados de matar indios, se fueron Cortés y sus españoles a dormir a una casa que estaba en un llano, desde la cual se divisaban algunas sierras de Tlaxcallan, que no poco los alegraron, aunque por otro lado les puso en cuidado si les serían amigos en tal tiempo hombres tan guerreros como los de allí; porque el desdichado, el vencido y el que huye, nada encuentra en su favor; todo le sale mal o al revés de lo que piensa y necesita. Cortés, aquella noche, fue atalaya de los suyos, y no tanto por estar más sano o descansado que los compañeros, sino porque siempre quería que fuese igual el trabajo para todos, como era común el daño y pérdida. Al ser de día caminaron por tierra llana recto a las sierras y provincias de Tlaxcallan. Pasaron por una fuente muy buena, donde se refrescaron, que según los indios amigos dijeron, partía términos entre mexicanos y tlaxcaltecas. Fueron a Huacilipan, lugar de Tlaxcallan y de cuatro mil vecinos, donde fueron muy bien recibidos y provistos tres días que en él estuvieron descansando y curándose. Algunos del pueblo no quisieron darles nada sin que lo pagasen; sin embargo, la mayoría se portaron muy bien con ellos. Aquí vinieron Maxixca, Xicotencatlh, Acxotecatlh, y otros muchos señores de Tlaxcallan y Huexocinco, con cincuenta mil hombres de guerra, los cuales iban a México a socorrer a los españoles, sabiendo las revueltas, y no la salida, daño y pérdida que llevaban.

Otros dicen que, sabiendo que venían destrozados y huyendo, los salieron a consolar y a convidar a su pueblo, de parte de la república. En fin, ellos mostraron pena de verlos así, y placer por hallarlos allí. Lloraban y decían: "Bien os lo dijimos y avisamos, que los mexicanos eran malos y traidores, y no lo creísteis; sentimos vuestro mal y desastre. Si queréis, vamos allá, y venguemos esta injuria y las pasadas, y las muertes de vuestros cristianos y de nuestros ciudadanos; y si no, venid con nosotros, que en nuestras casas os curaremos". Cortés se alegró grandemente de hallar aquel amparo y amistad en tan buenos hombres de guerra; lo que venía dudando. Les agradeció, como era de razón, su venida y voluntad; les dio algunas de las joyas que quedaron; les dijo que tiempo habría para emplearlo contra los de México, y que al presente era necesario curar los enfermos. Aquellos señores les rogaron que, pues no quería volver a México, les dejase salir a combatir con los de Culúa, que aún andaban muchos por allí, dicen que más por robar que por otra cosa. Él les dio algunos españoles que estaban sanos o poco heridos, con los que fueron, pelearon, y mataron a muchos de ellos, y de allí en adelante no aparecieron más los enemigos. Luego se marcharon muy alegres y victoriosos a su ciudad, y tras ellos los nuestros. Les sacaron al camino, de comer, según dicen, veinte mil hombres y mujeres; pienso que la mayoría salieron por verlos, tanto era el cariño y afición que les tenían; o por saber de los suyos que habían ido a México; mas pocos volvían.

En Tlaxcallan fueron bien recibidos y tratados; pues Maxixca dio su casa y cama a Cortés, y a los demás españoles los hospedaron los caballeros y principales personas de la ciudad, y les hicieron mil regalos, de los cuales tanto más gozaron cuanto más destrozados venían; y creo que no habían dormido en cama quince días atrás. Mucho se debe a los de Tlaxcallan por su lealtad y ayuda, especialmente en Maxixca, que arrojó por las gradas abajo del templo mayor a Xicotencatlh, porque aconsejó al pueblo que matase a los españoles para reconciliarse con los mexicanos; e hizo dos oraciones, una a los hombres y otra a las mujeres, en favor de los españoles, diciendo que no habían comido sal ni vestido algodón en muchos años sino desde que ellos eran sus amigos. También se preciaban mucho ellos mismos de esto, y de la resistencia y batalla que dieron a Cortés en Teoaccinco; y así, cuando hacen fiestas o reciben algún virrey, salen al campo sesenta o setenta mil de ellos a escaramuzar y pelear como pelearon con él.

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